Javier Monserrat posted on febrero 16, 2009 05:00

Es difícil esquivar una molesta sensación de tristeza, y hasta un cierto escalofrío de impotencia ante la fatalidad, cuando hoy contemplamos la vida de los hombres sobre la tierra. Se nos impone la impresión de que la humanidad, considerada en su conjunto, sigue todavía inmersa en un gran mar de sufrimiento. Las causas del sufrimiento siempre han sido las mismas: la pobreza, el hambre, el enfrentamiento entre los hombres, la falta de adaptación al trabajo, la explotación de unos por otros, las guerras, odios interpersonales, el dolor psicológico, el dolor por el desencuentro interpersonal, por la falta de amor, por el egoísmo, por la falta social y personal de reconocimiento, por la lesión de los derechos del hombre, de las comunidades humanas o de los pueblos, por la falta de solidaridad y ayuda entre unos y otros, por la soledad, por todas las formas de injusticia lesivas para el individuo, para los pueblos, para las sociedades, para las naciones, por la experiencia inevitable de las propias deficiencias personales, por la experiencia depresiva de desmoronamiento físico a través de los años, por la enfermedad y por la amenaza siempre presente del desenlace final de la muerte.
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