Santiago Salcedo posted on julio 18, 2012 00:00


Si analizamos las diferentes explicaciones englobadas en lo que llamamos teorías sobre los que, en suma, son los impulsos o impresiones que percibimos de lo que consideramos un mundo exterior, vemos clarísimamente que vienen a ser como la construcción de un edificio de piedra cuyos muros crecen y ascienden con la ayuda de las piedras que, individualmente, soportan a las que tienen encima. Ninguno que intenta implantar una nueva concepción y explicación de ese mundo exterior al que me refería antes, empieza completamente desde cero; por la sencilla razón de que necesitaría mil y una vida para ir eliminando los errores y contradicciones que, en el continuado proceso inductivo-deductivo de esas impresiones “externas”, se irían acumulando. Es, exactamente, lo que han venido haciendo hasta la fecha todos los teóricos del pensar, partiendo, de uno u otro modo, de las experiencias aprehendidas por los pensadores que les precedieron; algo así como una carrera de relevos, partiendo y aprovechando “el recorrido” del pensador anterior. Si echamos una mirada superficial y de altura sobre la historia de nuestro conocimiento, podríamos sintetizarlo en una sola frase: El conocimiento es como una progresión numérica, que necesita de las series elementales y primerizas para poder llegar a otras series nuevas y más complejas. Es un avanzar, en fin, que va de lo abstracto a lo concreto. Tomados estos dos conceptos por lo que significan normalmente en el lenguaje subjetivo humano, sin someterlos a la distorsionadora discusión semántica en la que la filosofía cae con frecuencia. Otra forma de “mecanicismo” diría yo, de acuerdo con lo expuesto en la anotación anterior. ¿O no es verdad que, por ejemplo, de la teoría de las ideas de Platón a la teoría sobre las ideas de Kant, hay un gran salto cualitativo? ¿Y no se observa lo mismo, si comparamos el firmamento fijo de los antiguos con el universo del “Big-bang” de ahora? Lo que pretendo decir con toda esta introducción y su retórica, es que si Newton, por ejemplo, logró su conocida teoría de la gravitación universal, fue porque antes entró en conocimiento de las teorías precedentes de Copérnico, Galileo, Tycho Brahe, Képler y otras. Fue a partir de estas otras teorías y conocimientos, que su genialidad le hizo observar algunas diferencias y contradicciones entre lo que afirmaban éstas y sus observaciones particulares. Lo mismo sucedió con Albert Einstein. Si éste no hubiera tenido en sus manos la teoría de la gravitación universal de Newton, no se hubiera planteado tan pronto que, ¿cómo era posible que en un universo infinito, podían atraerse por igual y en el mismo tiempo, la multitud de esos cuerpos que lo habitaban, en medio de las inmensas distancias que los separaban? Cuando la atracción -pensó- se estuviera realizando en un punto de ese inmenso universo, en otro alejado punto de ese mismo universo, tardaría en llegar millones de tiempos esa atracción y, si la atracción no fuera simultánea, hubiera supuesto la hecatombe. Sustituyó, pues, la velocidad instantánea por la de la velocidad de la luz. Y eligió este elemento, porque otros pensadores (Ole Romer, Hippolyte Fizeau, Léon Foucault, Albert Abraham Michelson, entre otros) antes habían calculado su velocidad y su constancia. Esto le llevó a deducir la relatividad del espacio y el tiempo y eliminar de la teoría de Newton el espacio y el tiempo absolutos y los efectos o velocidad instantánea. ¡Acababa de conseguir una nueva teoría, la teoría especial de la Relatividad!
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