Es difícil esquivar una molesta sensación de tristeza, y hasta un cierto escalofrío de impotencia ante la fatalidad, cuando hoy contemplamos la vida de los hombres sobre la tierra. Se nos impone la impresión de que la humanidad, considerada en su conjunto, sigue todavía inmersa en un gran mar de sufrimiento. Las causas del sufrimiento siempre han sido las mismas: la pobreza, el hambre, el enfrentamiento entre los hombres, la falta de adaptación al trabajo, la explotación de unos por otros, las guerras, odios interpersonales, el dolor psicológico, el dolor por el desencuentro interpersonal, por la falta de amor, por el egoísmo, por la falta social y personal de reconocimiento, por la lesión de los derechos del hombre, de las comunidades humanas o de los pueblos, por la falta de solidaridad y ayuda entre unos y otros, por la soledad, por todas las formas de injusticia lesivas para el individuo, para los pueblos, para las sociedades, para las naciones, por la experiencia inevitable de las propias deficiencias personales, por la experiencia depresiva de desmoronamiento físico a través de los años, por la enfermedad y por la amenaza siempre presente del desenlace final de la muerte.
Algunas de estas causas parecen inevitables. Este es el caso de la enfermedad, o de la muerte, o incluso del dolor producido por el enfrentamiento episódico entre las personas. Hay sufrimientos, pues, que parecen ir unidos a nuestra condición humana y nunca podrán dejar de darse. Sin embargo, otros sufrimientos parecen estructurales: parecen depender de la forma en que nosotros, los hombres, actuamos en nuestra vida común. Tenemos la impresión de que somos responsables de una gran parte del sufrimiento que atribula a los seres humanos. Entre otras muchas responsabilidades que pesan sobre nosotros se encuentran la injusticia, la pobreza, el hambre, el enfrentamiento interhumano y los odios, las guerras y todas las formas de insolidaridad.
Esta impresión de responsabilidad es tanto más humillante para nosotros como sociedad cuanto mayor es el grado de desarrollo, de riqueza, de tecnología, de organización, de que hoy gozamos. Parece que nos preguntamos con perplejidad: ¿pero cómo es posible que, con los enormes recursos de todo tipo de que hoy dispone la humanidad, todavía sigamos produciendo tanto y tanto sufrimiento humano del que somos directamente responsables, bien sea por acción o por omisión?
Es verdad que el desarrollo espectacular de las sociedades avanzadas en el siglo XX ha beneficiado a muchos. En ciertas zonas de la humanidad el desarrollo ha eliminado y sigue eliminando sufrimiento. El sufrimiento siempre existió -siempre hubo guerras, por ejemplo-, pero el desarrollo ha logrado crear zonas muy amplias de bienestar. Sobre todo, ha producido una enorme potencialidad de recursos de actuación para luchar con eficacia contra el sufrimiento humano: recursos organizativos, sociales y políticos, recursos humanos y tecnológicos, así como también recursos financieros, industriales y económicos. Todo esto es así, y debemos reconocerlo. Sin embargo, también es verdad, la humanidad sigue hundida en inmensas bolsas de sufrimiento.
El sufrimiento humano: inoperancia política y alternativa de acción civil
Y es precisamente esta riqueza de recursos, como digo, la que nos hace moralmente más hiriente constatar que, aunque el desarrollo haya producido zonas de bienestar, la moderna geografía del sufrimiento sigue presentándonos un mundo del sufrimiento grande, inmenso como un enorme mar en que estuviera todavía hundida dramáticamente la mayor parte de la humanidad.
Las diferencias entre el Norte y el Sur siguen siendo inmensas y la pobreza se acrecienta al mismo ritmo del crecimiento de la población mundial. Dentro de las mismas sociedades desarrolladas existen un Norte y un Sur y son inmensas sus bolsas de sufrimiento interior. El mundo navega sin control hacia mil formas nuevas de sufrimiento creciente creadas por la misma sociedad desarrollada en interacción con el tercer mundo, con el mundo del Sur. Al ritmo del crecimiento demográfico existe hoy más sufrimiento que ayer y probablemente menos que mañana. A esta conclusión inequívoca, negativa, pesimista, conducen repetidamente los numerosos informes aparecidos en los últimos años en las Naciones Unidas, en el Banco Mundial o en numerosos institutos de prospectiva socio-político-económica. Todo parece indicar que, si seguimos como hasta ahora, seguirá creciendo, hasta cotas cada vez más altas, la proporción de sufrimiento agobiante que pesa sobre la humanidad.
Esta sensación de tristeza, y hasta de escalofrío por impotencia ante la fatalidad, ante el hecho desmoralizador del inmenso sufrimiento humano, se hace todavía más hiriente cuando hoy constamos que no se vislumbra en el horizonte una luz esperanzadora, una perspectiva razonable de que estemos en disposición política de cambiar las cosas. Es decir, atisbos de voluntad política -y de planes razonables de desarrollo solidario- para cambiar pronta y eficazmente el rumbo de la humanidad hacia un compromiso decidido para combatir el sufrimiento humano, poniendo en juego los muchos recursos de que hoy disponemos.
En las directrices políticas que controlan hoy la marcha hacia el futuro no existe voluntad política real de emprender un compromiso solidario frente al sufrimiento humano (aunque muchos nos quieren hacer creer con palabras vacías que sí la tienen). En la sociedad, y en los políticos que nos gobiernan, no existe hoy una idea clara de qué deberíamos hacer para emprender ese camino hacia la solidaridad. No existe un programa definido que pueda aunar adhesiones firmes. Las directrices políticas hoy imperantes responden, como todos sabemos, al neoliberalismo y a la tendencia a la globalización de los mercados. Se sigue haciendo "lo mismo de siempre». Pero no existen ideas nuevas, potentes y atractivas, que nos presenten algún programa de transformación radical razonable que reconduzca la actuación de la sociedad hacia metas más humanísticas y solidarias.
Por otra parte, quienes se quejan de que no se camine hacia la solidaridad no hacen sino gritar atronadoramente como en el vacío. Los políticos a quienes ese griterío trata de intimidar apenas se inmutan; en cambio, mucha gente sencilla que podría apoyar la solidaridad se asusta pensando qué significaría que la solidaridad llegara a estar gestionada por quienes tan desmesuradamente se manifiestan en las calles. Los que, además de quejarse, son capaces de presentar un pensamiento alternativo lo hacen desde perspectivas ya inviables: residuos más o menos camuflados del radicalismo marxista, anarquista, radical-cristiano o de cualquiera de las ideologías antisistema, incluyendo aquellas que provienen de culturas no occidentales, como la islámica.
Radicales en las calles y radicales en las ideas -paladines esforzados de lo imposible- son, sin embargo, los enemigos perfectos para quienes persiguen que todo siga igual y nada cambie. Esta es la tristísimo realidad que escenifica todos los días ante nosotros el drama de una sociedad sin rumbo detectable. En las calles de la ciudad un griterío ensordecedor, como el ruido de fondo de una inmensa jaula de grillos, donde apenas se oye una voz razonable, mientras de aquí para allá discurren con una densidad agobiante las camillas de los muertos, las ambulancias de socorro, las miradas de odio y los mil gritos conmovedores del sufrimiento humano incesante. Y, cuando todo esto sucede gobiernos sin imaginación siguen impasibles con su gestión "de siempre», dura, fría e insensible frente al sufrimiento.
Una reacción inevitable de la sociedad civil
Es explicable que, en esta situación, los espíritus más sensibles ante la injusticia y el sufrimiento humano se encuentren sumidos en una gran tristeza y desmoralización interior. Es la sensación de caos colectivo, de incompetencia en la gestión de los grandes intereses de la humanidad, de impotencia ante una derivación inevitable hacia lo peor sin que destaque al menos alguna voz razonable de entre esa inmensa algarabía de pasiones inútiles. Se ha hablado del fin de la historia, del ocaso de las ideologías y de las utopías, de la dictadura inevitable de un "pensamiento único», de la pérdida del idealismo juvenil arrastrado por un "pasotismo» sin rumbo ni sentido. Pero sea lo que sea es difícil hoy para muchos dejar de sentir esa tristeza y desengaño ante un persistente rumbo de la historia insensible ante el sufrimiento, al parecer fatalista e inevitable.
¿Pero es en realidad esa derivación caótica de la historia humana un. fatalismo inevitable? ¿Es de veras inevitable?
Es decir, ¿es que no hallamos hoy ideales éticos u horizontes utópicos capaces de promover entusiasmo hacia la transformación de la realidad? ¿No existirá para el momento actual algún proyecto alternativo razonable, viable, un proyecto de acción en común para combatir el sufrimiento que no sea uno más de los muchos "proyectos imposibles” encaminados ya desde su propio diseño a la inoperancia? Y, en el caso de que ese proyecto exista, ¿sería posible una actuación realista, viable, una estrategia de gestión política encaminada a promoverlo, de tal manera que se pudiera albergar la esperanza fundada de que quizá llegará hacerse realidad? ¿Quién debería ser hoy el protagonista histórico de promover ese camino de la humanidad hacia el cumplimiento de sus aspiraciones ético/utópicas?
Se trata, por tanto, de cuatro cuestiones fundamentales que nos orientarán a partir de ahora en nuestro recorrido. Primera, si hay alguna propuesta ético/utópica al interés/ideal humano que nos conduce a intentar luchar contra el sufrimiento humano. Segunda, si existe algún proyecto racional, alternativo y viable, para conducirnos hacia un compromiso decidido y eficaz en la lucha contra el sufrimiento humano. Tercera, si ese proyecto es promocionable y como puede ser gestionado políticamente. Se trata, pues, de saber si hay algo que hacer y cual es la vía para llegar a hacerlo. Por último, la cuarta cuestión hace referencia al agente: ¿quién es entonces el agente apropiado?- o protagonista histórico- para entender que ese proyecto es posible y para promover su realización por un camino eficaz y racionalmente transitable.
Pues bien, la Filosofía Política que aquí presento trata de ofrecer una respuesta positiva a esas cuatro cuestiones. Primero, nos reafirmará filosóficamente en el sentido del ideal-horizonte ético-utópico de la lucha contra el sufrimiento humano. Segundo, nos explicará en positivo que proyecto realista, racional y viable, de actuación socio-político-económica, es hoy posible formular con precisión como alternativa a las políticas actuales. Tercero, nos presentará también cual es la gestión política que puede conducirnos a promover ese proyecto universal de desarrollo solidario, de una manera eficaz. Cuarto, nos proyectará también hacia el agente y protagonista político fundamental de ese gran cambio histórico hacia la solidaridad, que no debe ser otro que la sociedad civil.