“Esa tercera sílaba, un gran pacto ciudadano sobre el futuro de Europa, cada vez es más necesaria"
La petición de rescate portugués es una consecuencia lógica de nuestra historia de los últimos cincuenta años. Al contrario de España, un país que ha hecho buenas migas con el liberalismo económico desde los años sesenta del siglo pasado, a Portugal no le gusta el sistema del dinero planetario. Empezó por no gustarle a nuestro dictador Salazar, que desconfiaba de las multinacionales, viendo en ellas lo que efectivamente son: mecanismos económicos que escapan al control de los estados.
Así que, al inicio de los años setenta, en Lusitania no había Coca-Cola, cuando en España los niños ya coleccionaban las chapas de esa bebida. Portugal se aislaba de la globalización que empezaba por entonces a despuntar. Cierto: nosotros habíamos recorrido el mundo entero, pero había sido para que el viaje no se acabara nunca. No lo hicimos para que la Tierra se transformara en un hipermercado de crueldades financieras.
Con la revolución de 1974, esta tendencia autista siguió, pero ahora en clave cubana: queríamos ser la isla paradisiaca del socialismo europeo y, cuando nos conformamos con la realidad, el proyecto consistió en fabricar una sociedad escandinava, con un enjambre de derechos sociales.
Por esos años, la España democrática seguía apostando por el sistema liberal, algo que no cambió incluso cuando Madrid se inundó de sonrisas socialistas y campechanas. Más de treinta años de una línea de fidelidad a una idea que triunfaba, el neoliberalismo, le dieron al Estado español un auge notable al inicio del siglo XXI. Se volvió, o estuvo a punto de volverse, uno de los grandes países del mundo, esto mientras Portugal se adaptaba al modelo imperante a regañadientes, con la sensación de que estaban estropeando el planeta que habíamos descubierto.
Siendo esta la historia reciente de los dos países, también es comprensible la narrativa de estos dos últimos años. Hasta el momento, España se ha adaptado mejor al nuevo revolcón que el liberalismo ha dado. Se ha amputado una parte considerable de lo que había que amputar, cerrando filas ante la inspección de los jefes monetarios de la Tierra. Al contrario, Portugal ha suspendido en el examen.
Pero en esta historia falta un personaje: Europa. En nuestro continente, entre finales del siglo XX y principios del XXI, se fue tomando una decisión fundamental: la de identificar el modelo europeo con el bienestar económico. Se trató de un auténtico matrimonio entre nuestros países y un próspero liberalismo. Y la idea de civilización, que tan importante fue para el siglo XIX, o la espiritualidad del continente, todo eso se colocó en segundo plano.
De forma que Europa, como en las películas de príncipes y princesas, se presentó para la boda financiera con la diadema del euro. La sensación era la de que habíamos hecho un magnífico enlace, con ventajas extraordinarias. Vivíamos en felices nupcias con el poderoso caballero de Quevedo.
Pero lo cierto es que Don Dinero podía circular por el mundo y se lió con una multitud de amantes chinas, brasileñas, indias...Al principio, no nos dimos cuenta. Después, como siempre ocurre en estas cosas, no quisimos darnos cuenta. Hasta que, finalmente, tuvimos que caer en lo que estaba pasando, porque Don Dinero ya ni siquiera dormía en la casa europea.
Ahora, Europa se encuentra en esa fase de ponerse guapa para que el cónyuge infiel se lo piense mejor. Es ese tiempo triste de las relaciones en que el esposo traicionado se va al gimnasio para reconquistar a su mujer. Y todos hacemos mucha gimnasia de austeridad, a ver si gustamos de nuevo a Don Dinero. Y además peinamos de otro modo las leyes laborales: quizás con ese nuevo look volvamos a interesar al señor Capital.
Resulta curioso que a la clase media le haya caído el papel de michelín, de tripita social. De modo que el ciudadano de a pie, también el alemán, lo está pasando fatal. Nos imponen unos abdominales durísimos. En el fondo están quitando calorías de comodidad a nuestras biografías. Y nos dicen que es para nuestro bien, aunque algunos se miran al espejo y se ven escuálidos.
Quizás el dinero vuelva. Pero, en este tipo de historias, cuando se vuelve, suele ser para seguir despreciando aquello que se acepta acompañar. En el fondo, limitando su horizonte a una moneda, Europa se ha amputado a sí misma: se ha reducido a dos sílabas de su nombre más profundo y verdadero. En el panorama europeo actual, surgen dos actitudes esenciales: una de pura sumisión, que domina entre los políticos. Se trata de la doctrina de la Europa de las dos sílabas. Una manera de ver las cosas sin fantasía y con poca esperanza. No obstante, hay otra Europa que busca, quizás sin saberlo, su tercera sílaba: un horizonte de civilización que garantice que los sacrificios no son abusos, sino un proyecto con sentido para todos. Esa tercera sílaba, un gran pacto ciudadano sobre el futuro de Europa, cada vez es más necesaria. Todo indica que sólo si encontramos esa sílaba que falta aguantarán las dos primeras.
G. MAGALHÃES, escritor portugués
Publicado en La Vanguardia