|
|
Daniel Zaragoza posted on abril 19, 2011 05:00 


En el desconcierto de nuestros días siempre resurge la misma duda: ¿estamos ante un nuevo Renacimiento o ante una nueva Edad Oscura? Los más pesimistas no tienen dudas con respecto a la inminencia de un tiempo tenebroso, y ven en signos e indicios el anuncio inminente de la catástrofe, en tanto que los más optimistas -o simplemente menos pesimistas- se tranquilizan presagiando una era dorada, gracias especialmente a la ciencia y a la técnica. Lo cierto es que hay argumentos para reivindicar ambas posiciones, y quizá esto sea lo propio de cada época y de cada presente: la ambigüedad extrema del futuro y la imposibilidad de formular profecías, a no ser que uno se ampare en doctrinas religiosas o ideológicas, que siempre tienen una perspectiva visionaria del porvenir.
Bajo la advocación de un dios -fuera este de la religión o de la ideología-, el hombre se atreve al pronóstico porque la doctrina que abraza necesariamente le reclama un futuro mejor, cuando menos a largo plazo (el cristianismo ofrecía la salvación; el comunismo dibujaba la igualdad; la Ilustración se consolaba de las penurias del presente con promesas de libertad y progreso). El problema surge cuando el dios está ausente, y el altar vacío. Cuando los templos, también laicos, están deshabitados, como sucede en nuestros días, el pronóstico se hace imposible. ¿A qué juego vamos a apostar si ni siquiera sabemos las reglas del juego? Cuando el altar está vacío podemos, como máximo, adorar a los ídolos del presente -en los estadios, por ejemplo, o en los festejos lúdicos-, pero nos representa una gran temeridad, o nos produce una insoportable pereza, ir más allá de esto. Y esta indolencia, esta apatía, para bien o para mal, nos deja indiferentes ante lo que pueda suceder en un futuro siempre demasiado lejano y con escasas ilusiones de intervención en su modelaje.
Si nos interesara el pasado -que tampoco nos interesa demasiado, en estricta simetría con nuestro desinterés por el porvenir- descubriríamos hasta qué punto es decisivo el tipo de dios que ocupará el altar vacío. Porque de lo que no hay duda es de que siempre hay un dios desconocido que acaba ocupando el trono de los viejos dioses.
Hace 2.000 años Pablo de Tarso vio esto con una claridad difícil de superar. Entre sus muchos méritos el mayor era la capacidad de observación, fruto de su extraordinaria energía nómada. San Pablo, como todo observador lúcido de un mundo en transición, sabía que las ideas y los mitos circulaban con las caravanas y se discutían en las tabernas y posadas del camino. No hubo caminante capaz de competir con Pablo de Tarso, de quien se calcula que entre la conversión al cristianismo, cuando se dirigía a Damasco, y su martirio en Roma recorrió 30.000 kilómetros. De la Arabia profunda a Macedonia, de Corintio a Roma, y según alguna leyenda también a España. Viajaba casi siempre a pie, solo o con algún discípulo, a un promedio de 30 kilómetros por día.
San Pablo, hombre de convicciones firmes, no era un gran orador, pero al parecer, con su actitud y su fe, tenía una enorme capacidad de persuasión. Se impuso en las ciudades de Oriente Medio y Asia Menor. Sin embargo, tuvo grandes dificultades en Atenas. Konstantino Kavafis, en un precioso poema, ha evocado el enfrentamiento entre el predicador cristiano y los filósofos atenienses. Aunque Atenas era ya tan solo una pequeña ciudad de provincias del Imperio Romano seguía contando con potentes escuelas estoicas, epicúreas y cínicas. Los filósofos, grandes argumentadores, desarmaban al infatigable Pablo.
Hasta que este tuvo una ocurrencia genial: recordó haber visto, a las afueras de la ciudad, el altar al dios desconocido. En realidad, en la antigua Grecia, este tipo de altares no eran insólitos y en ellos se conmemoraba a los dioses sin nombre propio, un poco como en nuestra Fiesta de Todos los Santos o en nuestra Tumba al Soldado Desconocido. Pero Pablo se agarró a lo que le pareció una oportunidad y explicó que él, precisamente, anunciaba la venida de aquel dios desconocido. La estratagema surgió, al parecer, cierto efecto entre los oyentes y, aunque san Pablo abandonó Atenas sin el predicamento obtenido en otras ciudades, había logrado colocar la piedra angular del edificio en construcción. El altar estaba vacío pero pronto se llenaría con un nuevo dios que despertaría el entusiasmo de las multitudes.
Antes que Kavafis, otro poeta, Giacomo Leopardi, se había preguntado cómo una doctrina del talante de la cristiana, mucho menos sofisticada que la clásica, había terminado por imponerse en todo el Imperio Romano, y cómo fervorosos pero poco avezados predicadores, encabezados por Pablo de Tarso, habían desplazado a maestros de la palabra y del discurso de la talla de los filósofos griegos.
La respuesta la da el propio Leopardi: este mundo -el de los filósofos griegos-, pese a su decadencia imparable, era todavía brillante pero carecía de lo que el poeta italiano califica como valores de ilusión. En otras palabras, estaba falto de fuerza en medio de su exquisitez. Era un mundo sin ilusión, sin mística, la refinada sombra de una grandeza perdida. No estaba en condiciones de hacer frente a una invasión espiritual entusiasta.
Por el contrario, al mundo predicado por san Pablo, tosco en muchos aspectos, le sobraba entusiasmo y era capaz de ofrecer a la multitud el espejismo de la salvación. Tenía valores de ilusión, tenía fuerza: podía hacerse con el altar del dios desconocido. Lo ocuparía durante los 2.000 años siguientes, si bien en una parte de este periodo tuvo que compartirlo con otras ideologías que se presentaron como nuevos dioses. Las utopías sociales o ilustradas, por ejemplo.
Hoy día da la impresión de que las cosas han vuelto al punto en que las encontró el infatigable viajero Pablo de Tarso cuando, al acercarse a Atenas, divisó el altar del dios desconocido e interpretó, con razón, que el trono estaba vacío. Ninguna fuerza crea valores de ilusión, acaso con la excepción de la codicia; pero la codicia, por sí sola, únicamente reproduce el baile alrededor del Becerro de Oro al ritmo de un frenético presente continuo.
En el horizonte, aparentemente, no hay pretendientes capaces de ocupar el altar vacío. Podría suceder que el altar ya se hubiera quedado vacío para siempre y que nos hayamos adentrado en una humanidad ajena a las ilusiones, por apatía, por escarmiento o por sano escepticismo.
Sin embargo, también es posible -y probable- que ahora mismo, a pesar de nuestra ignorancia al respecto, se esté incubando el nuevo aspirante a ocupar el altar del dios desconocido. Y que de la naturaleza de ese dios dependa que nos encaminemos a una Edad Oscura o pongamos rumbo hacia un Renacimiento.
Publicado en El País 16/04/2011
martes, 19 de abril de 2011 7:44
Creo que ya estamos en la edad oscura desde hace mucho tiempo y Dios nos ha abandonado hace mucho tiempo.La gente esamos más que harta con todo lo que pasa a nuestro alrededor,perpleja,anodina,aburrida y sobretodo muy ,muy cabreada,sin embrago tambien muy sumisa ante todo lo que le echen encima,aguantando la tormenta a ver si escampa.Pero el diluvio no cesa.La desilusión es palpable en todo y todos y de éso se aprovechan los gobiernos para implantar medidas salvajes que de otra manera serian casi imposibles de llevarlas a efecto.Ya lo escribió Naoimi Klein:Hace falta un estado de shock en la población para que en ése aturdimiento se paralize toda protesta por las medidas de terapia de choque que les vamos a imponer sí o sí".
martes, 19 de abril de 2011 10:04
Viajero de las eras, cualquier forma que oses darme para adorarme no será más que tu propio reflejo incomprendido. No me busques a Mí. Búscate a ti, y ahí encontrarás mi búsqueda, no la tuya.
martes, 19 de abril de 2011 11:48
Gracias por traer el artículo Daniel. Os pego mi comentario que ya hice al respecto de este artículo; Sobre ese altar vacío (me ha parecido un artículo interesante y con chicha) lo que creo es que mientras muchos miran hacia ese altar, otros ya están, desde hace mucho, haciendo cosas por ese mundo mejor hacia el que queremos ir. Tal vez no importa si el altar está o no vacío, porque ahora lo que importa, al menos en mi caso, no es sólo lo que pasa en ese altar sino precisamente lo que no pasa en él y que va más allá de altares de toda índole y medida. Abrazo a todos.
martes, 19 de abril de 2011 19:48
También yo reconstruyo el comentario que le contesté a Daniel respecto a este interesante artículo, para así compartirlo entre todos. "Gracias, Daniel por el enlace. Es muy interesante este artículo. Precisamente esto lo he comentado con amigos mios. La Naturaleza odia los espacios vacios. Igual que el principio de los vasos comunicantes, donde el agua fluye hace el lugar donde no está, el espacio de las ideas, de la esperitualidad, quiere ser llenado de alguna manera. Con Religiones positivas o negativas. Tanto da, pero ese espacio tiene que ser llenado. Aquí estamos ante un gran peligro. No me extrañaría que sectas de la peor calaña se apropien de ese altar."

martes, 19 de abril de 2011 20:38
También se puede ver desde otra óptica. El trono y el altar está usurpado por una adoración que supera y aglutina a las demás. Es el trono y el altar de Mammon. Enseguida lo reconoceríés (copio de wikipedia): "Mammon es una palabra de origen arameo, significa "riqueza", pero tiene una etimología confusa; los eruditos han sugerido conexiones con el verbo "confiar" o un significado de la palabra "confiado", o con la palabra hebrea "matmon", significado "tesoro". También se utiliza en hebreo como palabra para simbolizar "dinero" (ממון.) . La palabra griega para Mammon, es μαμωνάς (mamonas), y puede verse en el Sermón de la montaña (durante el discurso sobre la ostentación) y en la parábola del administrador injusto (Lucas 16:9-16). Otros eruditos derivan Mammon del fenicio mommon ("beneficio" o "utilidad"). La palabra se utiliza en las lenguas contemporáneas con similares significados, de esta forma lo encontramos en finés (mammona), el danés (mammon), y el polaco (mamona). Esto es muy probablemente debido a la influencia de la Biblia. Usos en la Biblia «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen y donde ladrones minan y hurtan, sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a Mammón.» (Mateo 6, 19-21, 24). En la Biblia, Mammón se personifica como símbolo de las riquezas en Lucas 16:13, y Mateo 6:24, último verso que repite a Lucas 16:13. En algunas traducciones, Lucas 16:9 y Lucas 16:11, también personifica a Mammón; pero en otros, se traduce como «abundancia deshonesta» o equivalentes, dando así a entender que lo que quiso decir Jesús fue que "No podéis servir a Dios y a las riquezas" en el sentido de estar esclavizado al amor al dinero. En algunas versiones españolas, se traduce como "Mamón", pero en otros, como "Dinero". Edad Media Durante las edades medias, Mammón fue personificado comúnmente como el demonio de la avaricia, de la riqueza y de la injusticia. Así Pedro Lombardo (II, dist. 6) dice, "Riquezas es llamado por el nombre de un diablo, a saber Mammón, para Mammón es el nombre de un diablo, por quien las riquezas conocidas son llamadas según la lengüeta siria." Los embarcaderos Plowman también miran a Mammón como deidad. Nicolás de Lira comenta respecto al pasaje en Lucas: "Mammon est nomen daemonis" (Mammón es el nombre de un demonio). Mammón es algo similar al dios griego Hades, y el dios romano Dis Pater, en su descripción, y es probable que esté hasta cierto punto basado en ellos, especialmente puesto que Plutón/Hades era el custodio de las abundancias de la tierra y los lobos que son asociados a avaricia en las edades medias. Santo Tomás de Aquino describió metafóricamente el pecado de la avaricia como "Mammón, que era ascendido desde el infierno por un lobo, viniendo inflamar el corazón humano con su avaricia". Así mismo, se hace alusión a él en el Paraíso perdido de John Milton, en donde se le ve como un ángel que, gozando de los privilegios de estar en el cielo, lo único que contempla de sus bellezas es el oro con el que están manufacturadas las calles de la ciudad divina. En la versión de Milton, se alía con Satanás y Belcebú para luchar contra los ejércitos de Dios. Según el texto, fue el encargado de sembrar en el hombre la codicia de excavar la tierra para extraer de ella sus tesoros." Es evidente que muchos fundamentos de nuestra cultura actual están basados en la dependencia y adoración de este demonio tan reconocible.

martes, 19 de abril de 2011 23:24
Un artículo muy bueno pues utilizando una curiosidad histórica relata de forma sintética el problema de occidente. Su escepticismo, su individualismo, la falta de espíritu colectivo. Incluso sabiamente se plantea si se va a vivir en un futuro con ese altar vacío. Como otra característica del transcurso de los años. Yo tampoco tengo una opinión clara respecto al futuro. En el presente si por el contrario observo dioses menores, que si que ocupan ese altar, por ejemplo los nacionalismos, muchas formas de identitarismos, incluso los clubs de futbol. Pero los llamo dioses menores. Porque aún que tengan dios, files, ritos, misas, le falta un sentido de trascendencia que no solo es la religiosa, también ha existido la histórica. Para determinar la fuerza del Dios que ocupa el altar, siempre recuro a la cuestión que llamo la entrega máxima, la vida, las religiones han sido capaces de que seguidores suyos hayan entregado su vida por la causa, las ideologías políticas del siglo XX, también lo consiguieron y sin un principio de trascendencia, siempre recordaré la típica frase de los combatientes revolucionarios comunistas, y por tal ateos, cuando se enfrentaban a tareas muy peligrosas donde era muy probable que no salieran con vida. “La historia está contigo”. Un ciudadanos actual razonaría y a mi que me importa la historia si ya estoy muerto. Mi hipótesis de futuro es que la sociedad puede vivir durante mucho tiempo sin grandes dioses, tan solo un panteón de dioses menores, ya ha sucedido en otros momentos de la historia por ejemplo durante gran parte de la duración del Principado Romano, dos siglos. ¿Cuál creo que será el factor más relevante? Yo apostaría por la situación social. En una situación social muy crítica, con fuerte crisis económica, social, familiar, entonces estarán las condicio0nes necesarias para el advenimiento de un Dios mayor. A colación de esto me gustaría hacer un comentario, algunos- as, idiotas o malintencionados se dedican a predicar el peligro del Islam como que nos van a invadir los Talibanes, o nos vamos a convertir al Islam a fuerza de atentados de Al Quaida. Tonterías para niños. Pero si que el Islam es un peligro potencial. Me explicaré un día estaba con el presidente de una asociación con la que tengo muy buena relación y cuya finalidad es encargarse de una Mezquita, le comentaba a raíz de una fiesta y la capacidad de movilización y cómo entre todos mantienen los gastos de la Mezquita y al Imán, o como recaudan una cantidad muy importante para construir un edificio. Ante ello y con una sana envidia le comentaba que me era triste cómo está ahora el catolicismo, que se ha quedado en una estética frente a l Islam, Que sigue siendo una verdadera ética. ante lo que me contestó este musulmán diciendo me que lo que sucede en europea , es decir la falta de Dios, de valores, la descristianización de Europa, a lo que me contestó que lo que sucede era un designio de Dios, y que lo que estaba preparando Dios es el advenimiento del Islam en Europa. La respuesta tenía su miga , y no era una hipótesis descabellada, tenía su parte de verosímil, y de posible.

miércoles, 20 de abril de 2011 0:28
El artículo me atrapó desde el inicio. No soy un lector exhaustivo en cuanto a prensa se refiere, pero el azar o una perspicacia poco explicable me indujo a profundizar en el. Al final encontré lo que considero una pequeña perla que reflexiona alrededor de un hecho que nos ha llamado a todos la atención: la pasividad, la inercia que envuelve a la sociedad civil y que se resiste a una explicación definitiva o completamente satisfactoria. Una resignación inexplicable ante los recortes sociales y los signos de una evolución inexorable hacia la desigualdad y la injusticia social. Creo que una cifra de 4,7 millones de personas desempleadas es un motivo suficientemente grave como para que las reformas sociales no lo sean mediante recortes en servicios básicos sino fruto de auditar de forma transparente las cuentas públicas y determinar que gastos son prioritarios y cuáles no lo son. Que se recorte la sanidad y se fomente el uso de mutuas es un paso atrás contra el que la sociedad civil todavía no ha concienciado las repercusiones que tendrá en su futuro. Efectivamente German, estamos en un estado de shock y esperando a que alguien, de entre aquellos que los ha provocado, arregle nuestros problemas. En lugar de encontrarnos en la fase de reconocimiento y de camino a la ira (como correspondería si siguiésemos el modelo de las fases del duelo) estamos sumidos en el proceso de sálvese quien pueda ¿o sería más adecuado llamarlo tonto el último?
miércoles, 20 de abril de 2011 20:15
La verdad es que el artículo es interesante y ha dado de sí. La has acertado, Daniel. No olvidemos que aunque podamos creer que ese altar puede quedar vacío y no pasa nada, una cosa es la actitud individual y otra los hechos sociales. Es decir, que la colectividad se comporta de manera diferente a como nosotros mismos lo hacemos, de una manera no necesariamente acorde a la lógica ("nuestra" lógica, en definitiva), pues parece ser que ese altar tiene que estar necesariamente ocupado. Estamos lejos todavía del "Dios ha muerto. Viva el hombre (y la mujer, para que nadie se queje)" de Nietsche.

jueves, 21 de abril de 2011 11:46
A mi entender ese altar debería ser llenado por todos y no esperar el advenimiento de alguien o algo que lo cambiará todo, y en todo caso si ese altar se llenara de luz (ya puestos a meternos en lenguajes religiosos y litúrgicos), esa luz sería el efecto de movimientos que estaban fuera de ese altar. No se trata solamente de lo que haga cada cual individualmente, creo que como ya dije, estamos embobados mirando ese altar sin prestar atención a lo que sucede fuera y más allá de él, ese, creo, es uno de los quids de la cuestión. Mientras esperamos a ver que pasa con el altar, se dan movimientos que se nos escapan y que tal vez, ahora, dadas las circunstacias presentes, son más importantes para el devenir que la situación presente de ese altar. La verdad es que creo que vamos a vivir lo que corresponda y que va a ser necesaria la paciencia, una de esas cualidades tan escasas en nuestra sociedad de prisas, y junto con la paciencia serán necesarias grandes dosis de serenidad ante lo incierto del camino.

lunes, 25 de abril de 2011 21:12
Siento discrepar de casi todos vosotros. El único que creo ha acertado a ver el sentido del artículo es Juan Carlos Ferrando, que aclara, muy sabiamente, “…RELATA DE FORMA SINTÉTICA EL PROBLEMA DE OCCIDENTE. Nuestro individualismo. La falta de espíritu colectivo”. Yo no veo ese altar vacío ni en Oriente (dos terceras partes de la Humanidad) ni en los que en Occidente dejamos de mirarnos el ombligo como si el cristianismo fuese el Centro del Universo y la única filosofía a considerar. Yo creo en un Dios de Todos los Seres Humanos (7.000.000.000 de habitantes) y considero a todas las religiones, empezando por el catolicismo, una falacia, ya que es imposible que todas las religiones tengan razón y sean la verdadera. Consecuentemente, todas son falsas. No necesito a nadie en ningún altar para ser feliz, positivo, optimista y tener buen humor. Algo así como John Lennon en su Imagine. El período que nos ha tocado vivir es el más afortunado de todos los tiempos. Nunca en los 15.000.000 de años desde que el primer primate bajó a la sabana (en contra de lo que el “Santo” Padre ha afirmado el Sábado “Santo” en relación con el Creacionismo, como la verdadera filosofía, dándole un puntapié al Evolucionismo),hemos vivido tantos años y con tanta calidad de vida. El futuro no está nada oscuro. Tendremos mejores medicinas y podremos vivir con más calidad de vida aún y, si Dios quiere, llegaremos a vivir los 120 años que nos corresponden a los mamíferos humanos (Principio del 7 x años de crecimiento que se da en todos los mamíferos) y algunos como yo, superaremos esa cifra porque habremos cuidado y seguiremos cuidando nuestra salud, y la ayudita de los nuevos descubrimientos medicinales que logrará que el cáncer, el sida, el alzhéimer y otras malignas enfermedades acompañen a la viruela en un futuro no muy lejano. Como saldrá alguno con el “salvo que una guerra nuclear nos extermine a todos”, ya lo digo yo. Al parecer, el Barca (perdón no tengo la cedilla) iba a ganar todo y de momento se le ha escapado la Copa del Rey. Por lo tanto, todo puede pasar, que haya una guerra nuclear o que no la haya. Que el Barca llegue a la final de la Copa de Europa y la gane, o tenga que conformarse con la Liga, si no tiene mala suerte… Aclaro que soy del Málaga Club de Fútbol y un poquito der Betis, manque pierda. Amistosos saludos, Eduardo (a punto de ser excomulgado por el “Santo” Padre por llevarle la contraria, cosa que me haría muy feliz) La verdad es que estoy pensando si eso de que llueva casi todas las Semanas Santas, aunque cambien las fechas desde mediados de marzo a finales de abril no será un mensaje Divino para decirnos que nos dejemos de tanto jolgorio extravagante.
martes, 26 de abril de 2011 10:04
Para procesiones de Semana Santa, con su pasión y muerte, su penitencia colectiva, las caravanas de las carreteras...
|
|