Aunque la expresión “nuevo orden internacional” sea propia, más bien, de intelectuales, filósofos, economistas o políticos, hoy existe –en mi opinión– un amplísimo sentimiento popular que está reclamando algo similar. Si los grandes cambios sociales han surgido siempre por exigencia de la conciencia popular, parece que debemos preguntarnos qué es lo que realmente está reclamando hoy la mayor parte de la sociedad. Con brevedad, he aquí algunas de las ideas que he desarrollado con mayor amplitud en otros escritos.
1) Para saber dónde estamos necesitamos ser conscientes del camino que nos ha llevado hasta aquí en los últimos siglos. Pienso –muy a grandes trazos y sin matices– que dos grandes movimientos de filosofía política confluyen a fines del siglo XX y, en alguna manera, ya agotados y con un oscuro futuro. El primero es la modernidad, desde el siglo XVII, que en el XVIII, se convierte en la modernidad liberal: es el movimiento ético-utópico de los derechos humanos, del constitucionalismo, del capitalismo liberal, de la democracia, de las revoluciones inglesa, francesa y americana. El segundo es el comunitarismo que, ya en el siglo XIX, critica el individualismo burgués de la modernidad y se presenta en la forma de socialismo-marxista, historicismo (o nacionalismo) y anarquismo. Ambos movimientos entran en crisis a fines del siglo XX.
2) La filosofía política que propongo se funda en una hipótesis socio-política: que a fines del XX y comienzos del siglo XXI está emergiendo poco a poco una nueva sensibilidad social, u horizonte ético-utópico, que ya no es la modernidad neoliberal (que no resuelve los grandes problemas de la humanidad y crea una insatisfacción general) ni el socialismo-marxista (hundido desde la crisis del comunismo en la última década del siglo XX). La nueva sensibilidad emergente no es ni modernidad ni comunitarismo, sino una síntesis o confluencia de ambos movimientos. La mayor parte de la gente intuye hoy que, por una parte, se debe mantener un sistema de derecho individual, de libertad creativa, de democracia y de libertad de mercado (la modernidad y la libertad han creado todo lo valioso de nuestra sociedad actual). Pero, por otra parte, la gente intuye también que el sistema capitalista liberal (como pasa en la actual crisis) debe ser controlado, regulado, orientado por los poderes públicos para que la creatividad redunde en el beneficio de todos (el socialismo defendió en último término la regulación de la actividad económica). Esta nueva sensibilidad social es eminentemente pragmática: la gente no construye nuevas ideologías cerradas (desconfía instintivamente de ellas), sino que quiere simplemente que el sufrimiento humano hiriende se resuelva, pronto y de forma eficaz. No busca más palabrería, sino soluciones a un sufrimiento que no puede alargarse más.
3) Pero, ¿cuál es el “proyecto de acción en común” que realizaría lo demandado por esta nueva sensibilidad social? La naturaleza del proyecto (el diseño de lo que habria que hacer) está implícito en este nuevo horizonte ético-utópico: por una parte respondería a la reforma del tipo de sociedad libre de la modernidad y, por otra, al sistema de regulaciones propuesto por el socialismo. Lo que he llamado el “proyecto universal de desarrollo solidario” (proyecto UDS) sería, al mismo tiempo, la primera ocasión histórica para realizar por confluencia tanto el “liberalismo perfecto” (abierto a la solidaridad) como el “socialismo perfecto” (abierto al personalismo libre). Este proyecto UDS consistiría en un sistema de pactos internacionales (yo no creo en la viabilidad de lo que a veces se llama un “gobierno mundial”, sino en la soberanía de las naciones) que haría posible tanto el gasto social interno como los fondos para el desarrollo de las naciones pobres.
4) Supuesto, pues, que la nueva sensibilidad ético-utópica esté realmente en proceso de emergencia y que el proyecto UDS sea un diseño preciso de cuanto esa sensibilidad aspira a realizar, entonces, ¿cuál sería la estrategia de acción política que nos pudiera llevar con pragmatismo y rapidez a que el proyecto UDS fuera eficazmente promovido (ya que el alivio del sufrimiento no admite demoras)? Aquí entra la tesis fundamental de mi propuesta en filosofía política: la sociedad civil organizada sería la protagonista que podría forzar con eficacia, pragmatismo y rápidez, a que los poderes públicos emprendieran el camino hacia el proyecto UDS. Como he argumentado en mis escritos, no creo que el camino eficaz sean los partidos políticos, aunque ellos deberán ser los ejecutores del proyecto UDS. La sociedad civil debería organizarse con independencia de los partidos para forzar que estos caminen hacia el proyecto UDS. ¿Cómo debería diseñarse este proyecto de acción civil autónomo? Es evidente que no sería fácil ni la organización ni el éxito de este movimiento civil. Sobre sus características, su contenido ideológico, su organización y su forma de gestión, he aportado las propuestas que podrían dar lugar a un movimiento que he llamado Nuevo Mundo, ya que en último término apuntaría hacia la nueva sociedad que se desea. En mi opinión, así como la historia ha ido teniendo, en sus diversas épocas, protagonistas preferentes (los monarcas, la burguesía, el proletariado, los partidos políticos…), la época que se está emergiendo ahora en el siglo XXI se caracterizaría por un protagonismo nuevo: el de la sociedad civil autónoma como controladora del poder político.
Estas reflexiones de filosofía política –que, como digo, pueden verse más ampliamente en mis escritos– no son descripción de hechos y predicciones proféticas sobre el futuro. Son simplemente hipótesis argumentadas en filosofía política. Es la hipótesis (aunque verosímil) de que en la sociedad actual esté emergiendo una nueva sensibilidad ético-utópica. Sobre el futuro no profetizamos nada. Sólo me atrevo a decir que las actuales circunstancias conducen al nacimiento de un nuevo protagonismo de la sociedad civil que podría organizarse, quizá, según el modelo del proyecto de acción civil que he llamado Nuevo Mundo. Pero, ¿hasta dónde llegará la sociedad civil? La función del intelectual es proponer ideas. Pero la sociedad civil sólo podrá moverse si aparecen líderes civiles que sean capaces de tres cosas: 1) promover que la sociedad caiga en la cuenta reflexivamente de sus propias aspiraciones ético-utópicas y la inmensa potencia de su organización; 2) tener una idea clara del proyecto UDS que se trataría de promover en respuesta a las apetencias de la sociedad; 3) comprometerse en la organización y gestión del movimiento de acción civil de forma eficaz y realista. No sabemos si estos líderes civiles surgirán. Pero, sin ellos, no habrá protagonismo real de la sociedad civil.
Un síntoma premonitorio de que, en efecto, está emergiendo una nueva conciencia de la sociedad civil son los variados movimientos cívicos autónomos que han prosperado en los últimos años. Por ejemplo, las ONG. Sin embargo, éstas han quedado reducidas a la gestión de microproblemas especializados y ahogadas por su propia burocracia y dependencia del poder político. A mi modo de ver, el estado actual del movimiento civil exige un cambio cualitativo hacia algo superior: la organización autónoma con el fin del control indirecto del poder político. La situación actual muestra la existencia de un impulso coyuntural potente para que nazca una organización similar a Nuevo Mundo. No es seguro, pero el papel del intelectual es difundir la intuición de lo que sería posible hacer. No enunciamos ninguna profecía, ya que la historia está abierta y depende de los compromisos que libremente quieran asumir los líderes civiles. El universo está abierto, no sabemos por dónde irán las cosas y ni siquiera sabemos si aparecerán los líderes civiles.
Por consiguiente, el “nuevo orden internacional”, antes aludido, hoy demandado por la mayoría de la gente es, a mi modo de entender, el proyecto UDS: una sociedad libre y creativa, regulada por el poder político para garantizar el beneficio solidario de todos. Sin embargo, llegar con pragmatismo al Nuevo Mundo –que reconcilie el personalismo de la modernidad con la solidaridad del comunitarismo– debe ser una obra impulsada por la organización autónoma de la sociedad civil. Este nuevo orden es algo más que la superación de una de las muchas crisis del capitalismo liberal: sería un cambio en profundidad que exigiría el compromiso internacional en la gestión del proyecto UDS.
Quiero concluir con una consideración de actualidad. Estoy persuadido de que la sociedad civil americana debería jugar un papel importante en el movimiento internacional hacia el protagonismo de la sociedad civil. La presidencia de Barack Obama ha tratado de recuperar el idealismo del sueño americano frente a la desmoralización causada por su antecesor. Sin embargo, su proyecto político –basta leer sus objetivos y ver el equipo de colaboradores en quienes estará técnicamente el poder– no tiene nada que ver con lo que, en nuestra opinión, debería hacerse (el proyecto UDS). Pero el triunfo de Obama permite intuir la fuerza de transformación y apertura de la sociedad americana. Es un signo positivo de la sensibilidad de la sociedad civil americana ante un eventual movimiento civil que pudiera prosperar en el futuro.