El último anuncio de una marca muy conocida de embutidos exhibe a una familia de hábitos anacrónicos vestida a la moda hippie y ostentando una dieta vegetariana que, leitmotiv de la publicidad, visiblemente disgusta a padres y a hijos. El anuncio se termina con la imagen del hijo deglutiendo con gesto procaz y lágrimas en los ojos una loncha de jamón de york. El lema del anuncio es “si lo pruebas te conviertes”. Este es un ejemplo entre los miles que sufrimos los espectadores cada día durante largas pausas publicitarias; el bombardeo continuo de mensajes crea, cronifica, reconduce y sigue creando los hábitos de consumo de los que sostenemos el sistema capitalista. El marketing cumple así su función dentro de la mecánica económica, haciendo uso y abuso de la retórica y de los prejuicios y las represiones que habitan en las personas: todo vale con tal de colocar el producto, porque la producción tiene que ser consumida para que el edificio no se caiga. La publicidad, sin embargo, no deja a su paso nada en pie, ni siquiera la ética de los propios publicitarios. En esta ocasión es la comida convertida en dogma de fe. “La orca y el hombre tienen en común que se encuentran ambos, originalmente, en la cima de una cadena alimentaria: el cetáceo en el mar, el sapiens en la tierra. Dos ogros que devoran todo lo que encuentran en su camino. Pero el primero con estilo, el segundo de forma cada vez más degenerada.
De vuelta de los Estados Unidos, embebido en las historias delfinianas, fue muy raro: mis pensamientos empezaron a converger obsesivamente en la carne y los carniceros. […] La mayor parte de los maestros espirituales que había conocido hasta entonces eran más bien vegetarianos. Por primera vez, había dado con maestros carnívoros. Y esto, inesperadamente, iba a aclarame muchas cosas[i].
Bruscamente, tuve la impresión de que nuestra relación con la animalidad se había degradado demasiado como para poder reeducarla así sin más. Sentados como auténticos nababs, a treinta mil pies sobre el Atlántico, las azafatas nos sirvieron un conglomerado de carnes dulces, suaves al paladar, no identificables. ¿Pollo? ¿Cerdo? ¿Salmón de criadero? Intenta hablar, en una mesa, de la crianza y la matanza del filete de ternera que está nadando en su salsa de nata. Seguro que el espíritu del Gran Búfalo no será invocado de inmediato, ni nadie le pedirá que acepte, retrospectivamente, el sacrificio de su pequeño. No, te dirán: “Hombre, por favor, ¡estamos en la mesa!”
¿Qué se diría de un planeta cuyos habitantes rechazaran repugnados querer hablar del origen concreto de lo que tragan?
No sé muy bien qué pensar de los iluminados que dicen entrar en contacto con los espíritus de los difuntos… Hay algo que me sorprende: en los más hermosos textos escritos supuestamente bajo el dictado de un desaparecido (los de Mme. de Jouvenel, por ejemplo) –y que atestiguan, cuanto menos, un fuerte mensaje de nuestro inconsciente–, siempre hay un primer estupor, un primer grito de horror del alma que contempla el mundo físico desde el no-tiempo: los hombres nadan, sin darse cuenta, en un océano de sangre animal.
[…] Un joven carnicero norteamericano me habló una noche de su arte. Habló mucho de las técnicas de cuchillo, pero también me habló del alma de los animales. […] Después de hablarme de San Francisco de Asís, me dio a leer un texto del poeta americano Gary Snider:
En todos los tiempos, la primera enseñanza ética ha sido: No provoques ninguna herida inútil. Hindúes, jainistas y budistas utilizan la palabra ahimsa, “que no perjudica”. Que interpretan de forma corriente como “no toméis la vida”, con diferentes grados según la situación. En las tradiciones orientales, “no provoques heridas inútiles” constituye el motor profundo del credo vegetariano. Pero los no vegetarianos también intentan entender y practicar la enseñanza ahimsa. Los pueblos que viven de la caza saben que tomar una vida es un acto que exige espíritu de gratitud y atención rigurosa. Dicen que “toda nuestra alimentación se compone de almas”. Las plantas viven. Toda la naturaleza es un intercambio de dones, y no hay muerte que no sea el alimento de alguien, ni vida que no sea la muerte de alguien.
¿Hay un defecto en el universo? ¿Un signo de profunda mancha de la existencia? ¿Es la naturaleza una mandíbula que chorrea sangre? Algunos lo ven así, y acaban sintiendo asco de sí mismos, de la humanidad y de la propia vida. Estos han tomado el camino equivocado en la bifurcación. Las filosofías del ultra-mundo llevan a hacer más daño al planeta (y a la psique humana) que las condiciones existenciales que ansían trascender.
Hay que volver a partir del principio. Todos tomamos a la vida la vida. Weston Labarre dice: “La primera religión es matar al dios y comérselo (comérsela)”. La rutilante cadena alimentaria, el hilo ininterrumpido de la alimentación, constituye la temible y magnífica condición de la biosfera. “Ninguna herida inútil” debe entenderse como un acercamiento universal de los seres entre unos y otros, y no como un precepto unidimensional. Comer es en verdad un sacramento.”
Hasta aquí el fragmento. La única solución para escapar del adoctrinamiento televisivo: darle al botón para apagar. Pensar en una nueva forma de organizarse social y económicamente pasa por pensar con libertad y responsabilidad en cómo vivimos; después podremos escoger una forma sana y coherente de estar en el mundo.
[i] Este fragmento pertenece a un capítulo titulado “Cuatro lecciones delfinianas”; la primera es “Alimentarse”. Los maestros carnívoros son, claro está, los delfines.