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A lo largo de la historia la sociedad ha sido siempre controlada por un poder vertical, que en sus diferentes variantes, nunca ha demostrado ser válido para garantizar el bienestar de todos los que la componen.

Nos encontramos en un momento de incertidumbre ante una crisis económica, cuyas dimensiones y posibles consecuencias son desconocidas por la mayoría de nosotros. Como ciudadanos, percibimos falta de transparencia por parte de las clases políticas e intuimos que seremos principalmente la sociedad civil, los que sufriremos más duramente sus consecuencias, como ha ocurrido siempre en el devenir de la historia.


Nuestro proyecto va dirigido a encontrar nuestro valor como individuos para comprobar el propio poder y conectarlo entre todos a modo de red.
¡Algo absolutamente nuevo puede emerger!

El nuevo poder de la sociedad civil

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Crisis económica, una oportunidad para el cambio
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     El último anuncio de una marca muy conocida de embutidos exhibe a una familia de hábitos anacrónicos vestida a la moda hippie y ostentando una dieta vegetariana que, leitmotiv de la publicidad, visiblemente disgusta a padres y a hijos. El anuncio se termina con la imagen del hijo deglutiendo con gesto procaz y lágrimas en los ojos una loncha de jamón de york. El lema del anuncio es “si lo pruebas te conviertes”. Este es un ejemplo entre los miles que sufrimos los espectadores cada día durante largas pausas publicitarias; el bombardeo continuo de mensajes crea, cronifica, reconduce y sigue creando los hábitos de consumo de los que sostenemos el sistema capitalista. El marketing cumple así su función dentro de la mecánica económica, haciendo uso y abuso de la retórica y de los prejuicios y las represiones que habitan en las personas: todo vale con tal de colocar el producto, porque la producción tiene que ser consumida para que el edificio no se caiga. La publicidad, sin embargo, no deja a su paso nada en pie, ni siquiera la ética de los propios publicitarios. En esta ocasión es la comida convertida en dogma de fe.      “La orca y el hombre tienen en común que se encuentran ambos, originalmente, en la cima de una cadena alimentaria: el cetáceo en el mar, el sapiens en la tierra. Dos ogros que devoran todo lo que encuentran en su camino. Pero el primero con estilo, el segundo de forma cada vez más degenerada.

 

      De vuelta de los Estados Unidos, embebido en las historias delfinianas, fue muy raro: mis pensamientos empezaron a converger obsesivamente en la carne y los carniceros. […] La mayor parte de los maestros espirituales que había conocido hasta entonces eran más bien vegetarianos. Por primera vez, había dado con maestros carnívoros. Y esto, inesperadamente, iba a aclarame muchas cosas[i].

      Bruscamente, tuve la impresión de que nuestra relación con la animalidad se había degradado demasiado como para poder reeducarla así sin más. Sentados como auténticos nababs, a treinta mil pies sobre el Atlántico, las azafatas nos sirvieron un conglomerado de carnes dulces, suaves al paladar, no identificables. ¿Pollo? ¿Cerdo? ¿Salmón de criadero? Intenta hablar, en una mesa, de la crianza y la matanza del filete de ternera que está nadando en su salsa de nata. Seguro que el espíritu del Gran Búfalo no será invocado de inmediato, ni nadie le pedirá que acepte, retrospectivamente, el sacrificio de su pequeño. No, te dirán: “Hombre, por favor, ¡estamos en la mesa!”

      ¿Qué se diría de un planeta cuyos habitantes rechazaran repugnados querer hablar del origen concreto de lo que tragan?

      No sé muy bien qué pensar de los iluminados que dicen entrar en contacto con los espíritus de los difuntos… Hay algo que me sorprende: en los más hermosos textos escritos supuestamente bajo el dictado de un desaparecido (los de Mme. de Jouvenel, por ejemplo) –y que atestiguan, cuanto menos, un fuerte mensaje de nuestro inconsciente–, siempre hay un primer estupor, un primer grito de horror del alma que contempla el mundo físico desde el no-tiempo: los hombres nadan, sin darse cuenta, en un océano de sangre animal.

      […] Un joven carnicero norteamericano me habló una noche de su arte. Habló mucho de las técnicas de cuchillo, pero también me habló del alma de los animales. […] Después de hablarme de San Francisco de Asís, me dio a leer un texto del poeta americano Gary Snider:

 

En todos los tiempos, la primera enseñanza ética ha sido: No provoques ninguna herida inútil. Hindúes, jainistas y budistas utilizan la palabra ahimsa, “que no perjudica”. Que interpretan de forma corriente como “no toméis la vida”, con diferentes grados según la situación. En las tradiciones orientales, “no provoques heridas inútiles” constituye el motor profundo del credo vegetariano. Pero los no vegetarianos también intentan entender y practicar la enseñanza ahimsa. Los pueblos que viven de la caza saben que tomar una vida es un acto que exige espíritu de gratitud y atención rigurosa. Dicen que “toda nuestra alimentación se compone de almas”. Las plantas viven. Toda la naturaleza es un intercambio de dones, y no hay muerte que no sea el alimento de alguien, ni vida que no sea la muerte de alguien.

¿Hay un defecto en el universo? ¿Un signo de profunda mancha de la existencia? ¿Es la naturaleza una mandíbula que chorrea sangre? Algunos lo ven así, y acaban sintiendo asco de sí mismos, de la humanidad y de la propia vida. Estos han tomado el camino equivocado en la bifurcación. Las filosofías del ultra-mundo llevan a hacer más daño al planeta (y a la psique humana) que las condiciones existenciales que ansían trascender.

Hay que volver a partir del principio. Todos tomamos a la vida la vida. Weston Labarre dice: “La primera religión es matar al dios y comérselo (comérsela)”. La rutilante cadena alimentaria, el hilo ininterrumpido de la alimentación, constituye la temible y magnífica condición de la biosfera. “Ninguna herida inútil” debe entenderse como un acercamiento universal de los seres entre unos y otros, y no como un precepto unidimensional. Comer es en verdad un sacramento.

 

Hasta aquí el fragmento. La única solución para escapar del adoctrinamiento televisivo: darle al botón para apagar. Pensar en una nueva forma de organizarse social y económicamente pasa por pensar con libertad y responsabilidad en cómo vivimos; después podremos escoger una forma sana y coherente de estar en el mundo.

 


[i] Este fragmento pertenece a un capítulo titulado “Cuatro lecciones delfinianas”; la primera es “Alimentarse”. Los maestros carnívoros son, claro está, los delfines.

 

Publicado en: La sociedad
Email del autor: mrcerezales@hotmail.com

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Comments

Roberta
# Roberta
miércoles, 28 de enero de 2009 12:22
No nos damos cuenta, pero tenemos al enemigo dentro de nuestra propia casa. Ese aparato rectangular conectado a la corriente bombardeandonos constantemente con publicidad, programas denigrantes para el espíritu humano e información tergiversada. Lo triste es que hayan tantas personas enganchadas a él.
Carles
# Carles
miércoles, 28 de enero de 2009 13:21
Sólo hay que ver a qué hora programan el material de calidad, siempre fuera del "prime time" y cuanta mayor calidad tenga el programa más alejado del "prime time" lo ponen. Otra reflexión: Deberíamos exigir una Tv pública de calidad con una programación de nivel que no compitiera por el mismo mercado que las privadas. Que equilibrara con su calidad la pobreza de contenidos de las demás. ¿No os parece?
Esther Ibañez
# Esther Ibañez
miércoles, 28 de enero de 2009 21:59
"Pensar en una nueva forma de organizarse social y económicamente pasa por pensar con libertad y responsabilidad en cómo vivimos; después podremos escoger una forma sana y coherente de estar en el mundo."

Gracias María por tu artículo. Libertad y responsabilidad son las claves del cambio, en los ultimos 40 años la sociedad se ha dejado deslumbrar por la libertad, aunque no ha sido auténtica, y ha dejado de lado la responsabilidad. Delegamos en figuras "paternales" nuestra propia responsabilidad. Es el paso que neceitamos para que la sociedad pase de la adolescencia a la madurez.

Ana P
# Ana P
miércoles, 28 de enero de 2009 22:18
Encuentro a faltar aquellos tiempos en que solo habían dos canales de televisión y "La carta de ajuste" por la tarde, yo era una niña y los tomates sabían a tomate. Entonces teníamos más tiempo para compartir y comunicarnos.
Aurora
# Aurora
domingo, 08 de febrero de 2009 14:24
Mmmm, me relamo después de leer el artículo de María, gracias, y los comentarios...
No hay libertad que valga sin responsabilidad... La libertad conlleva responsabilidad, cualquier otra definición (la subversión de uso común hoy en la calle de ese concepto), equivale a una depauperación, a una prostitución del concepto, pues no conlleva responsabilidad...

Yo no añoro los dos canales (aunque un poco sí... aquella "terra d'escudella" en que los joglars jugaban a que eran Ulises and company... qué lujo!) sino que se recupere la fe en la televisión como medio, un medio potentisimo (está en todas las casas... a menudo por quintuplicado!) para educar, formar ciudadanos... pero, como eso es de momento utópico, apaguémosla, usémosla... tengo una estupenda videoteca, gracias a una consulta intensiva de la programación y a que aprendí a programar el video! (y no sólo películas, fantásticos reportajes divulgativos...)

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