Por esta razón, Carl Jung ha llamado a la sincronicidad un “principio conector acausal". La naturaleza de la sincronicidad se caracteriza como suceso único significativo y acausal que implicaría alguna forma de patrón. Carl Jung demuestra que el significado inherente es lo que realmente diferencia una sincronicidad de una coincidencia. La historia de la sincronicidad comienza con Carl Jung y con el físico Wolfgang Pauli, en ellos se unen los planeamientos de la física y de la filosofía.
La causalidad, dice Peat, no es la apropiada para explicar la complejidad de la realidad, las nuevas leyes de la emergencia y la dinámica orgánica: estructuras disipativas (Prigogine), orden implicado (Bohm), campos formativos (Sheldrake), pueden ayudar a explorar los funcionamientos internos de la sincronicidad, por lo que parece interesante seguir explorando por esas vías ya adelantadas.
“Las sincronicidades nos retan a construir un puente con un fundamento apoyado sobre la objetividad de la dura ciencia y el otro, sobre la subjetividad de los valores personales”. Puesto que, “la causalidad y la sincronicidad no son contradictorias sino percepciones dobles de la misma realidad fundamental”. (...)“De este modo se hace posible conservar una experiencia objetiva de la naturaleza y un sentido del significado e interconexión de las cosas sin necesidad de rechazar el planteamiento científico, dice Peat.
“Es sólo cuando la causalidad, añade el autor, se lleva hasta sus límites que se descubre que el contexto real en que ocurren los sucesos debe extenderse indefinidamente. En otras palabras, todo lo que sucede en nuestro universo es causado, de hecho, por todo lo demás. Se podría considerar que la totalidad del universo se revela o se expresa en sus acontecimientos individuales. Es dentro de esta visión global que es posible considerar a las sincronicidades como sucesos significativos que se originan en el corazón de la naturaleza”.
Peat, siguiéndole los pasos al funcionamiento que siguen las células para construir un organismo complejo, confirma que lo que se da en la naturaleza es una cooperación para la vida, cada unidad orienta su actividad hacia un objetivo, el suyo, su propio desarrollo, y asimismo coopera con las otras unidades en un objetivo más complejo, la construcción de un órgano, de un aparato, de un sistema y de un ser vivo, que se manifiesta como unidad en sí mismo, pero que está creado y desarrollado por la labor de cada unidad.
Según se desprende de la aportación de Peat, la visión que hay que alimentar es aquella que trata de descubrir lo que está escondido, y se niega a construir empalizadas que lo oculten aún más; para ello hay que ir detrás de lo que se ha dado en llamar coincidencias, casualidades, azar, suerte, etc., casi siempre con connotaciones despectivas, y que sin embargo han sido fenómenos que han acompañado el devenir humano.
Nuevo juego
Por eso proponemos un nuevo juego, que a las coincidencias con significados íntimos para el sujeto se les reconozca el valor, por lo menos, que hasta ahora se le ha dado a cualquier factor con capacidad para entrar en los órdenes cuantitativos, para ser empíricamente reconocido, para no ser negada su existencia. El valor de ellas está, cuando menos, en que pone en marcha las preguntas y detrás de ellas la imaginación, y con ella la posibilidad de una permanente tensión con la búsqueda de la verdad que nos seduce.
Las coincidencias significativas (las sincronicidades) permiten que se abran grietas en nuestra visión homogénea del universo, con ellas se rompe la rígida comprensión que tenemos y se flexibiliza esa comprensión. Al flexibilizarse, la realidad manifestada puede tornarse transparente y a partir de ahí surgir el movimiento, la luz, el color, el sonido, la no forma y, con todos ellos, la potencia creadora.
También, la naturaleza de la sincronicidad o de los fenómenos que se manifiestan así, nos ayuda a abundar en la íntima relación entre las manifestaciones externas y los procesos internos, en la unidad del sujeto con el objeto que está en el campo de su atención o de su investigación. A través del lenguaje del arte, la literatura, la música o la ciencia, se despliegan o cabe pensar que se despliegan, aspectos del inconsciente que con fórmulas simbólicas nos comunican la esencia de que estamos hechos y que compartimos con toda la naturaleza. “Los muchos ejemplos de movimientos coincidentes del pensamiento, sentimiento e ideas entre grupos y disciplinas inconexos, sugieren que hay un significado más profundo más allá de estas coincidencias y sincronicidades” .
No hemos de extrañarnos de la existencia de un orden, de unas leyes permanentes, cuando cualquier creación, aclara este autor, (en el lenguaje, en la música, etc) está enmarcada o sometida a esas leyes que la estructura, y que no por ello, ese llamado orden, impide crear a ningún individuo: lo que se manifiesta como instrumento para ir al encuentro del inconsciente colectivo que diría Jung, u objetivo que concluiría Pauli.
Los mundos simultáneos que vivimos pueden ser el efecto del movimiento de las mareas de la conciencia humana. Estas mareas, producidas por las corrientes internas, ponen de manifiesto aquellos aspectos de lo que somos, en los distintos grados o niveles del inconsciente.
En el lenguaje marinero diríamos que hay mar de fondo cuando lo que emerge es aquello que durante mucho tiempo ha estado oculto, mientras la superficie de la conciencia ha parecido estar en “calma chicha”, para continuar con la terminología costera. Las sincronicidades parecen ser una oportunidad para acercarnos mejor hoy al significado de los fenómenos, aunque siempre han estado ahí provocando nuestra atención.
Si basta con que haya un observador escudriñando el interior de la realidad manifestada, para que se produzca ese aparente resurgir de lo que está plegado, también sucede en la acción contraria. La negación militante de una realidad evocadora de algo más allá de lo que consideramos lo real, hace emerger, sincrónicamente, otros sucesos, causales, con significado por sí mismos, que nos animan a no dormirnos en lo obvio y a buscar lo que la paradoja trata de indicar.
El viejo paradigma es el que nos permite mirar y medir pero es, asimismo, el que nos dificulta levantar la mirada de lo que enfocamos. También, la mirada que fragmenta es la misma que impide ver los grandes patrones que estructuran la naturaleza y los contextos globales en que se producen los fenómenos. No parece que se pierda nada por dejar la seguridad aparente que dan los dogmas y adentrarnos en la incertidumbre provocadora que nos ofrecen los filósofos cuánticos.