jueves, 28 de mayo de 2009 23:01
En la libertad negativa, que es proyecto individual, es donde el verdadero poder cobra sentido. El poder debe ejercerlo el individuo sobre sí mismo; es lo que podría denominarse autocontrol o autopoder. Este tipo de poder permite estructurar un orden interno de valores, capaz hacer frente a nuestros miedos e inseguridades.
Los otros tipos de poder, los que no atañen exclusivamente a nosotros, los que necesitan la participación de los demás, son poderes dependientes que coartan nuestra la libertad y prostituyen los verdaderos valores. Además, estas clases de poderes, basados en falsas ambiciones, nos aíslan de los demás.
El poder público, político, social o empresarial es siempre jerárquico, y el individuo, en estos casos, es un medio. Es decir, es objeto y en ningún caso alcanza la categoría de sujeto.
El poder real está relacionado con la confianza, no con la posesión. Nunca hay que confundir "poseer" con "ser". Poseer, en el sentido de acumular, no garantiza nada al individuo. Al reves, le vuelve más temeroso y desconfiado, más inseguro, menos persona.
El hombre se alegra cuando su poder aumenta. Sí, pero su poder interno; es decir, su confianza, su seguridad, su autoestima. La tristeza es más propia del que acumuló y subió socialmente utilizando a los demás, porque en esa burda ascensión dejó mucho atrás, y sólo al coronar su triste y ridícula cima pudo darse cuenta de su absoluta soledad.
El proyecto individual debe siempre prevalecer sobre el proyecto social. La identidad social no garantiza la identidad personal -a veces, incluso, nos desvincula de esta.
El poder-jerarquía en la sociedad es omnipresente. Es decir, tiene el don de la ubicuidad. Se manifiesta en cualquier ámbito de la misma. El hombre, como individuo, debe evitar asimilar este tipo de poder. Los valores sociales que nos inculcan con la educación, generan dependencia. Un individuo bien educado es un peligro para el orden del que se sirve el poder
Tanto la dependencia, como el poder mal entendido, ponen en riesgo la libertad del individuo, que es la que de verdad puede dotar de sentido su existencia.