Esther Ibañez posted on mayo 15, 2010 13:28

A raiz del comentario que hizo Carles Nebgen ayer, sobre el significado de haber colgado la imagen de este cuadro de Friedrich para ilustrar el artículo de Angel Luis Alonso y su posible relación con sincronías e inconsciente colectivo, decidí profundizar en su significado.
Normalmente cuando elijo imágenes para ilustrar artículos, intento dejarme llevar por una especie de sensación de afinidad entre el mensaje captado en el texto presentado y una imagen. Lo hago sin intentar buscar una relación contundente y obvia, simplemente intuitiva. Primero voy seleccionando rápidamente algunas imágenes y las guardo. Posteriormente, reviso las seleccionadas y me dejo atraer por una de ellas, acompañada de un convencimiento de que aquella imagen transmitirá inconscientemente mensajes subliminales que abrirán nuevas vías a explorar, vías del inconsciente colectivo.
Así que hoy, tras el comentario de Carles y de Carmen Cayuela he decidido buscar información exhaustiva sobre el análisis de este cuadro y finalmente me he decidido por ciertos párrafos que copio a continuación, extraídos de la página web: filosofía y tragedia:
“A finales del s. XVIII, en Alemania, el arte adquiere, para la estética, una connotación metafísica: para los románticos alemanes, éste deviene la puesta en escena de lo suprasensible, el acontecer de la verdad. En la belleza artística lo infinito se manifiesta a través de lo finito; el absoluto se hace presente, se realiza; en el arte se lleva a cabo el retorno de los dioses, ocultos desde la Antigüedad. Pero para ello hace falta descender al fondo del abismo, al fondo mismo de las escisiones que separan al hombre de lo divino. Allí, en el silencio, en la contemplación de la eterna escisión, en la aceptación de la finitud humana frente a la infinitud de la naturaleza, los dioses vuelven a hacerse presentes: allí se da el acontecimiento de la verdad. La verdad es aquello que acontece a través pero por fuera de la imagen, la palabra, el sonido. Sólo a través de la intuición estética, alejada de todo pensamiento discursivo, se le revela al hombre, en las profundidades de la distancia, en la separación radical, la unidad primigenia, el absoluto en todo su esplendor. El anhelo del regreso, la nostalgia por la unidad perdida, se resuelve en el callar y esperar pacientemente el retorno, en medio del vacío, del espectáculo infinito de la verdad. “
“El cuadro describe, como muchos otros de Friedrich, las dos caras de la experiencia romántica; aquello que Rafael Argullol ha llamado la “contradictoria visión del infinito" (nota al pie 6)y que románticos como Friedrich y Turner representan de manera magistral en sus pinturas. Por un lado está la atracción por lo infinito, por lo inabarcable: el placer indescriptible que produce la contemplación de la naturaleza en todo su esplendor, en toda su grandeza, en todo su poder. Podemos imaginarnos el placer del caminante que, tras una larga y difícil subida, llega a la cima y contempla el espectáculo de la totalidad que se abre ante sus ojos. Por el otro está, sin embargo, la angustia que produce lo inabarcable, la inmensidad de lo contemplado. Más allá de cualquier sentimiento de superioridad, lo que se produce en el espectador es la angustia frente a la inmensidad: una naturaleza que se le presenta como completamente ajena, inabarcable, oculta por la niebla. El caminante descubre que sólo ha subido una montaña, se descubre en su insignificancia frente a la inmensidad del paisaje que se abre ante sus ojos.
El cuadro de Friedrich presenta así, de forma sublime, las dos caras de la naturaleza para el romanticismo: la inmensidad, la tranquilidad pasiva del abandono en la contemplación de la naturaleza infinita; y la angustia del poderío que eso representa sobre la insignificancia humana. Una doble atracción frente al abismo que se presenta como característica del espíritu romántico: el deseo de retorno a la totalidad implica siempre, a la vez, el riesgo de la pérdida de sí; el abandono al absoluto es siempre, a la vez, la aniquilación del individuo. Pero el quedarse en la distancia implica la contemplación trágica de aquello que se nos niega: la naturaleza, la totalidad, el mundo.”
“Todo esto adquiere sentido cuando se entienden los dilemas a los que se enfrenta el hombre romántico. La filosofía del romanticismo es una filosofía trágica. Decía yo al principio que el hombre romántico es uno de los primeros en entender que ese hombre racional, autónomo, característico de la Ilustración, resultado de la modernidad, no vive más que en el espejismo de la dominación del mundo, cuando en realidad lo único que ha logrado es perder el mundo para siempre, ahondar las escisiones, quedar encerrado en el universo claustrofóbico de la subjetividad.”