
La película llegó precedida de una campaña tan impresionante que me resultó imposible resistirme a la curiosidad de conocer al fin Pandora y esta utopía de vida en perfecta armonía de la que, a juicio de la crítica, obtendríamos grandes lecciones de vida.
Siento especial atracción por el universo de la fantasía, y desde siempre me ha interesado conocer las distintas versiones de extraterrestres, monstruos, seres míticos o fantásticos, en cuanto obras de la imaginación humana. Creo que el tema es interesantísimo y profundamente complejo. Reconociendo que nada puede igualar la capacidad que tiene la palabra de ampliar y crear mundos nuevos, me interesa aún mas averiguar hasta donde llega nuestra capacidad de crear y dar forma a los conceptos.
El cine nos ha nutrido desde siempre de una variada gama de seres y mundos “irreales” como los presentados en algunas obras notables como El señor de los anillos, Harry Potter, Matrix, La guerra de las Galaxias, Allien y otros que, por encima de las historias y personajes nos permiten explorar y conocer los límites de nuestra imaginación y creatividad.
Avatar me pareció una película visualmente muy atractiva, pero a mi juicio el impresionante despliegue tecnológico; el desborde de colores; la nitidez y limpieza de la imagen, la calidad y perfección de las formas, detalles y efectos están muy por encima de la capacidad de imaginar y crear un mundo nuevo, distinto al nuestro.
Pandora es de un parecido tan evidente con nuestro planeta que solo pude entenderlo como una analogía construida a propósito, para facilitarnos una plena identificación con esta cultura tan evocadora de la que un día fue la nuestra, que añoramos y sentimos perdida.
De una naturaleza exuberante, con plantas, flores, árboles, semillas, aves, insectos, agua, mares, aire, bosques y montañas, animales grandes y fuertes como los rinocerontes y otros ágiles e irreverentes como las hienas. Con día, noche y una atmósfera que, si bien es tóxica para los seres humanos, claramente no lo es para los pandorianos que tienen nariz, por lo tanto respiran.
Esta maravillosa, pero no tan novedosa escenografía es el hábitat de un pueblo que recuerda a cualquiera de los que fueron nuestros ancestros. Cultivan un respeto irrestricto por la vida en todas sus expresiones, se reconocen parte de un continuo y, por lo tanto, veneran a sus muertos y siguen sus enseñanzas.
Conforman una estructura jerárquica, con una realeza que ostenta muchas más plumas y atavíos que el resto de la población; se identifican con el grupo y saben actuar organizadamente, tanto para celebrar rituales, como para luchar contra el enemigo.
Tal como ocurre en la Tierra, la autoridad en Pandora acarrea problemas, crea rivalidades y desobediencia, como la de la princesa que, contra el deseo de sus padres, cambia a su prometido por el héroe.
Me pregunto que irá a pasar cuando crezca la población en Pandora y escasee el alimento. Seguramente el autor también se hizo este tipo de preguntas de orden antropológico, y por lo tanto evitó describir más a fondo la estructura social, los estilos de vida y los problemas, conflictos y desafíos cotidianos de los pandorianos.
Con respecto al diseño de estos seres azulados me llevé la mayor desilusión. Creo que lejos de avanzar, la propuesta retrocede en ambición. Por ejemplo, de las estupendas antenas que admiramos en las primeras versiones de extraterrestres, los pandorianos pasan al cable. Igual como ocurrió en nuestro mundo con la tele, que en su versión con antena se podía trasladar libremente, sin perder la señal, en tanto la de ahora depende de un cable, que si bien le ordenó el negocio a las compañías, nos complicó la existencia a los usuarios, dejando los televisores fijos y amarrados a un punto en el espacio.
Habrá que suponer que la conexión que puede establecer un pandoriano con su árbol o caballo es más estable que la que podría lograr con una antena, pero estarán de acuerdo conmigo en que es limitada, mucho menos dúctil y práctica.
Ni mencionar lo accesorio e inexplicable de la cola, que no tiene función definida y además les duele cuando se las pisan.
Pero tampoco hay grandes aportes en el argumento:
Como en tantos cuentos, el peligro como la salvación vienen desde afuera, (un error endémico del que todavía no queremos hacernos cargo), en manos de un héroe y un villano que responden en todo a los arquetipos tradicionales.
Para acercarlo a la condición humana, solo el amor por la princesa logra encaminar al héroe al camino correcto. Ella en cambio, que también responde a un ideal, es siempre buena, antes y después de enamorarse. (Paradigma que tiene en terapia a casi todas las mujeres que lo desafiaron para sumergirse en el “mundo de los hombres”).
El mal en Avatar tiene dos caras: la del frío hombre de negocios, que solo ve su ganancia y la del soldado, entrenado para acatar órdenes, como las dos aristas del pecado, el de hecho y el de omisión. El primero solo sufre el castigo de tener que volver con los bolsillos vacíos, el segundo en cambio paga con su vida. No se por qué me suena a chiste conocido. Sin comentarios.
Los malos del cine no tienen nada de inocentes. Así, la segunda guerra nos dejó una secuela de villanos rusos y alemanes; Vietnam se ensañó con los orientales que en respuesta demolieron en sus comics nuestras tradiciones y creencias, sembrando confusión e ideas nuevas en nuestros permeables niños, que hoy invaden las calles disfrazados de pokemones. Igual que los superhéroes, los villanos se van construyendo con los conceptos, ideologías y rasgos de los personajes de turno en el mundo real. De lo presentado en Avatar, saque cada uno sus conclusiones.
La historia tampoco es nueva. No se diferencia en mucho del desprecio e indiferencia con que los conquistadores españoles, ciegos al esplendor de unas magníficas culturas, arrasaron con vidas, costumbres y cosmogonías, para llevarse solo el oro desde al Nuevo al Viejo Mundo.
Para arreglar el entuerto les dio después por evangelizar a los “monos azules” que quedaron y que hasta entonces, según decían, no tenían alma. (Tampoco la tenían los africanos, que fueron primero esclavizados, luego convertidos y mas tarde “perdonados” devolviéndoles la libertad).
¿A qué se debe entonces el éxito de la película que ya fue catalogada como la segunda más taquillera de la historia? Solo puedo explicarme la satisfacción de los espectadores como una nueva victoria del marketing, apoyado por la generación del consumo que, encandilada por el envoltorio, no repara en el contenido.
Admitiendo que disfruté mucho la experiencia tridimensional, que me admiré con la calidad de la producción y que sin duda me pareció una película bella, debo decir que mi expectativa no fue satisfecha. La oferta prometía una poderosa enseñanza ecológica. Un mensaje que nos haría reflexionar sobre nuestros errores, para replantearnos cuando aún estamos a tiempo.
No puedo dejar de reconocer que la película es eficiente en describir el problema, pero muy pobre o nula en ofrecer soluciones realmente nuevas y creativas. Finalmente se insiste en el poder de la fuerza, en la lógica de la guerra y la violencia y en los tópicos clásicos que nos han traído a este punto en que seguimos esperando que algo, quizás una película, pueda mostrarnos una salida.