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A lo largo de la historia la sociedad ha sido siempre controlada por un poder vertical, que en sus diferentes variantes, nunca ha demostrado ser válido para garantizar el bienestar de todos los que la componen.

Nos encontramos en un momento de incertidumbre ante una crisis económica, cuyas dimensiones y posibles consecuencias son desconocidas por la mayoría de nosotros. Como ciudadanos, percibimos falta de transparencia por parte de las clases políticas e intuimos que seremos principalmente la sociedad civil, los que sufriremos más duramente sus consecuencias, como ha ocurrido siempre en el devenir de la historia.


Nuestro proyecto va dirigido a encontrar nuestro valor como individuos para comprobar el propio poder y conectarlo entre todos a modo de red.
¡Algo absolutamente nuevo puede emerger!

El nuevo poder de la sociedad civil

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Crisis económica, una oportunidad para el cambio
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El capitalismo en Occidente se ha definido por la preponderancia de la economía industrial y comercial. En sus albores la dinámica social, la posibilidad de cambiar la posición social a través de las ganancias materiales, se constituyó en la base que permitía a las clases medias ocupar el verdadero protagonismo en las actividades económicas. La maniobra más audaz del capitalismo actual ha sido eliminar el desusado concepto de clases sociales para hacernos a todos consumidores. El verdadero peligro es que el triunfo apoteósico del consumo nos consuma como seres humanos.   
Nos hemos apertrechado en un  individualismo, que cimentado en la pasión general por alcanzar el bienestar económico, no se plantea la existencia de unos valores comunes. Los pensadores modernos entendieron que la insaciabilidad de los individuos producía beneficios sociales y, por consiguiente, abrieron la veda para no plantearse los fines que confieren dignidad a las sociedades humanas. La economía que emergió como una ciencia social instrumental, para implementar determinadas decisiones colectivas, se ha ido fraguando en un todopoderoso oráculo para explicar nuestras alegrías y desdichas. 
Hemos olvidado que nuestros deseos son inextricables tanto a nuestras necesidades vitales como a nuestras creencias sobre la buena vida. Nuestros miedos se han transvertido en ansiedades. Así, como un barco que no sabe a dónde va, cualquier viento nos empuja a rodapelo. La sensación que somos unas marionetas que bailan al son de unas leyes económicas, con una vida propia ajena a nuestros designios, configura un determinado tipo de ser humano.
La ausencia de frenos a unos procesos económicos que nos engullen subrepticiamente, sin reconocer nítidamente las causas, nos causa desazón. Una congoja que se alimenta con el vértigo de una vida social sin asideros, sin unos valores que nos proporcionen una determinada identidad. El nuevo tipo de ser humano se define por la incertidumbre, por su estado líquido o por la necesidad de asumir riesgos que le sobrepasan.
El amor por los goces materiales de los modernos conformó un determinado tipo de ser humano, caracterizado por la conciencia que su salvación personal se dirimía en su ascensión económica y social. El individuo de las sociedades modernas podía aspirar, con su propio esfuerzo, a cualquier profesión porque con el desvanecimiento de las sociedades aristocráticas desparecieron las prerrogativas de linaje y fortuna. La idea de progreso ha sido una promesa más funesta del consumo sin fin.
El consumismo no va más allá del presente, arrincona al pasado por ausente y al futuro por incierto. El lema subliminal y silencioso que nos determina lo podríamos formular de la siguiente manera; “vive de forma exhausta tú presente porque es lo único que te puedo ofrecer”. La economía consumista consume a sus usuarios rechazado el pasado por inútil e hipotecando el futuro por la carencia de un proyecto.
Si arrancamos la utopía de la existencia humana no nos queda más que santificar lo dado. Sin convicciones, sin ideas de “lo que queremos ser” llegamos “hacer lo que quieren que hagamos”. Una nueva economía requiere de la tarea filosófica más noble; “plantearnos buenas preguntas”.
Kant nos legó cuatro preguntas fundamentales: ¿qué puedo hacer?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me cabe esperar? y un última, que respondería las tres anteriores, ¿qué es el hombre? La economía como ciencia se circunscribe en los límites de la primera pregunta, los políticos visionarios pretenden responder tímidamente a la segunda y la tercera es un terreno exclusivo para los teólogos. Reducir todas las preguntas a nuestra naturaleza presupone que podemos definirla y, que a su vez, nuestros deseos se explican por  nuestra propia idiosincrasia en relación con los otros animales.
Podemos centrarnos en la idea que el nivel más abstracto de nuestra sociabilidad se patentiza en la centralidad de nuestras relaciones económicas. Intercambiamos bienes tanto en base a nuestras necesidades de subsistencia vital como a la simbología que amalgama nuestras culturas. Somos seres simbólicos que podemos prometer.
El consumo es el símbolo que define a la nueva economía. Ya no tenemos el miedo a las hambrunas que arrasaban a nuestros abuelos o a los terratenientes que organizaban su cortijo a su antojo, ahora la ansiedad se produce porque nos han ofrecido una libertad que no somos capaces de gestionar. Ya no hay fines por los que uno debe esforzarse para alcanzarlos, nuestro carácter se define por consumir todo aquello que se nos ofrece. Somos un receptáculo aderezado por una propaganda que se dirige a nuestra constitución emocional, que nos transfigura en meras mercancías.
El consumo desaforado es el símbolo de la economía actual porque permite la homogeneización de todas culturas locales en una cultura planetaria. Los símbolos son imprescindibles para la libertad humana al dotar de significado a entornos impersonales, pero cuando carecen de un significado constitutivo, formadores de una identidad personal que trasciende al mero consumo del presente, nos abalanzamos a la búsqueda de ofertas totalitarias redentoras.
El consumo nos define sin permitirnos generar proyectos más allá del presente que habitamos. Los más hastiados se abrazan a unas creencias con la promesa de un mundo quimérico. Los que resistimos en la frontera tenemos intacta la capacidad de leer lentamente los acontecimientos para proponernos los valores que puede conferir dignidad a la vida humana.
Una nueva economía presupone volver a pensar, a una lectura lenta de los acontecimientos para plantearnos qué queremos ser. La pregunta nos conduce a valores, a decisiones éticas. Sostengo que los valores cálidos como la solidaridad, la aceptación del diferente o la amistad pueden ser los vectores para trazar los planes de una nueva economía. No reniego de los valores fríos como la justicia, la tolerancia o la competencia, pero no podemos olvidar que el peligro más humano es esclavizarnos con nuestras propias creaciones. El consumo desaforado nos consume porque nunca llegará a ser un fin en si mismo. Podremos gestionar nuestra libertad en la medida que seamos capaces de entender que es el hombre el que piensa.

Publicado en: Filosofía
Email del autor: svillarp@gmail.com

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Comments

Roberta
# Roberta
miércoles, 03 de diciembre de 2008 17:24
Me gusta mucho esa distinción que hace el autor entre valores fríos (justicia, tolerancia, competencia) y valores cálidos (solidaridad, aceptación de lo diferente, amistad). Entiendo que al referise a valores fríos se refiere a valores desprovistos de sentimientos, son valores más racionales y los cálidos son más emocionales. Me gustaría compararlos con valores masculinos y femeninos.
Nemo
# Nemo
lunes, 16 de marzo de 2009 19:34
El progreso es el fin que justifica los medios que las economías desarrolladas ponen en práctica. Y, aunque el desarrollo económico parece estar íntimamente ligado al consumo, también se alimenta y promueve el subdesarrollo intelectual.
Hasta ahora, los estados han preferido dar prioridad al desarrollo económico de la sociedad, dejando en un segundo plano el desarrollo del individuo. También en este sentido- el sentido consumista- el individuo ha sido engullido por el Leviatán estatal.
La sociedad es una masa informe que produce y consume. Produce para consumir, y consume para poder seguir produciendo. Es como un círculo vicioso. Y girando en el interior de ese círculo de producción y consumo, está el individuo, que, incapaz de entender lo que le sucede, teme y ansía sin libertad- porque no le han enseñado a ser libre- y sin norte.

Muy buen artículo, Santi.



SantosMiguel!!!
# SantosMiguel!!!
jueves, 04 de febrero de 2010 21:04
Me ha gustado el artículo y en especial, esto que has escrito: "Los símbolos son imprescindibles para la libertad humana al dotar de significado a entornos impersonales, pero cuando carecen de un significado constitutivo, formadores de una identidad personal que trasciende al mero consumo del presente, nos abalanzamos a la búsqueda de ofertas totalitarias redentoras.".

Yo considero que dentro del orden o desorden establecido, el individuo posee un resquicio de libertad, entendida como autonomía o responsabilidad. El despertar del individuo será el de aquel que cuestione a fondo su "modo de vida". ¿Me siento lleno con la vida que llevo? Desde luego que hay múltiples mecanismos para que el individuo no piense o sienta esa sensación de vértigo ante la ausencia de sentido o rumbo de su vida. Sin embargo, como diría Jaspers, es en las "situaciones límite" en donde uno tiene la oportunidad de replantearse muchas cosas: ¿por qué me tiene que pasar esto a mí? ¿qué tipo de vida es esta? ¿quién soy?.

La sociedad necesita de gente que encarne valores. De poca gente, de gente auténtica que siguen los dictámenes de su corazón o del tipo de persona que desean ser. Es gente que vive con vocación, que nada a contracorriente. Es gente que tiene que impulsar mediante el ejemplo y no moralizando, las ganas de vivir y la ilusión de ser una persona con integridad. Esas personas existen. Yo he conocido a unas pocas que me han servido de referente para organizar mi vida y darle un sentido de verdad. Recuperar los fines, los objetivos. Ilusionarse con ellos. Recuperar la esperanza pero sin totalitarismos. Si nadie me sigue, no pasa nada. Uno tiene que predicar con su forma de ser, nada más. Ser virtuoso. Es, recuperar la pasión por seguir viviendo y no dejarse arrastrar por el consumismo vacío y sin fundamento. La explotación económica se traduce en términos de nihilismo: no hay razones elevadas para luchar y vivir. Pero sí las hay: "ser el tipo de persona que deseo SER". Focalizarse más en el ser que en tener.

Saludos.

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