Esther Ibañez posted on diciembre 19, 2008 05:00

La versión cotidiana de democracia está muy lejos de la impresión generalizada. En la práctica, la democracia consiste en el ejercicio del poder desde la cúpula financiera y empresarial, con el trabajo conjunto de intelectuales y líderes políticos, formando una minoría ejecutiva que se contrapone a la mayoría. Walter Lippmann llamó a esta mayoría el rebaño desconcertado.
En una democracia existe el peligro de que el rebaño desconcertado tome iniciativa y abandone su papel de mero espectador. En tal caso, las consecuencias serían desastrosas. Para evitarlo es necesario poner en marcha estrategias de propaganda englobadas en lo que Edward Bernays llamó “ingeniería del consenso”.
Hay que entorpecer las posibilidades de autoorganización popular que les llevaría a tomar conciencia. Hay que inculcarles miedo a agentes internos y externos, de tal forma que se aíslen y consideren a esos agentes como los verdaderos problemas. Hay que mantenerles entretenidos con programas y asuntos banales. Y hay que conducirles con la propaganda adecuada, que enaltezca el patriotismo y la confianza en los dirigentes y en sus soluciones.
El primer ejemplo moderno de estas gestiones lo protagoniza Woodrow Willson, presidente estadounidense que tenía la difícil misión de transformar la sociedad estadounidense pacífica en una masa histérica germanofóbica, para justificar la decisión de participar en la Primera Guerra Mundial.
A tal efecto, se creó la Comisión Creel, que organizó las informaciones públicas, consiguiendo los objetivos en tan sólo seis meses. “El rebaño desconcertado nunca acaba de estar debidamente domesticado: es una batalla permanente”.
Cada vez que la gente se organiza para participar, no se bautiza la iniciativa como un comportamiento democrático, sino como una crisis de la democracia. Y toda crisis debe ser controlada y resuelta. A las personas no les gusta la violencia y ello constituye una tendencia enfermiza que obstaculiza el uso de la fuerza. Hay que generar valoraciones positivas acerca de las virtudes guerreras (Yo: hay que educar en diferentes calidades de violencia, según provenga de los malos o de los buenos. Los segundos pueden usar la violencia para hacer justicia con los primeros).
“Si se tiene el control absoluto de los medios de comunicación y el sistema educativo y los intelectuales son conformistas, puede surtir efecto cualquier política”. Y todo ello se consigue sin violar la libertad, a diferencia de lo que ocurre en los Estados totalitarios. Y, sin embargo, la cultura disidente no sólo no ha sido controlada, sino que va en aumento. Especialmente desde los años sesenta ha ido creciendo, tomando forma y diversificándose.
Feministas, ecologistas, pacifistas... van rompiendo el hechizo que les hacía sentirse solos.
Cada vez que tiene lugar un retroceso social (pérdida del poder adquisitivo o de los servicios sociales, por ejemplo) el rebaño desconcertado puede inquietarse. Ello aconseja generar miedo, inventar un problema terrible que los entretenga junto con el final de la copa o los culebrones. De hecho, durante la década de los noventa aparecía un nuevo enemigo cada uno o dos años, si bien existían predilecciones por algunos, como es el caso de Sadam Hussein. La caída del comunismo (¡Que vienen los rusos!) tuvo que ser sustituida por el terrorismo internacional.
En todo este panorama es muy importante trabajar por la percepción selectiva: las noticias que interesan deben saturar los medios; las que no, deben ser silenciadas. Gracias a ello, se controlan los pensamientos y los sentimientos del rebaño desconcertado. Se da máxima difusión a un libro de memorias, escrito por un torturado de Fidel Castro y su autor es realzado por Ronald Reagan, y nombrado miembro de la comisión para los derechos humanos, y acaparado por la televisión.
Pero se calla el informe de las torturas sufridas por 432 presos en Nicaragua con apoyo de oficiales estadounidenses.
Una prueba contundente del éxito de la propaganda es la fuerte incoherencia de la opinión pública, que utiliza cristales diferentes para analizar los mismos hechos de procedencia diferente. Así, por ejemplo, las personas asumen que Sadam Hussein no pudo con Irán en una guerra cruenta y larga. Y, sin embargo, dan crédito a la noticia de que el mismo individuo supone un peligro para la paz mundial puesto que podría convertirse en un tirano planetario. O, lo que es más fuerte, la mayoría de los estadounidenses ven justificado que EEUU intervenga militarmente en un país para protegerle de una invasión o para echar a los invasores, y también asume sin problemas que el invasor llegue a ser, precisamente, los EEUU.
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