Ser invisible me parece más pernicioso que ser excluido. El silencio hiere más que el olvido. Los olvidados tienen la esperanza de ser recordados por lo que fueron, mientras los descartados no existen en cuanto nadie les mira. El que ha vivido se relame con el sabor de su pasado, quien no puede vivir se agita en la ciénaga de su desesperanza.
Era lunes y me levanté al alba para sentir cómo la luz tenue acariciaba los vetustos edificios de mi barrio decadente. Siempre he vivido cerca de la plaza de las armas, en un espacio atiborrado de turistas que con sus cámaras digitales fotografían las escuálidas edificaciones coloniales que perviven después de los repetitivos e inesperados terremotos. Era el primer día de la semana y me levanté con la impresión de ser invisible para la mayoría de los visitantes de mi querida ciudad. Me imaginé a los turistas rubios y lustrosos enseñando las fotografías limeñas a unos amigos que sólo buscaban reconocer las caras familiares. Me afeité con mis cuchillas desgastadas sintiendo que yo era un mero decorado, una realidad invisible para engalanar sus instantáneas.
Sostengo que nos excluyen cuando molestamos. Al salir a la calle saludé a la abuelita indígena que vende caramelos a los niños de mi barrio. De repente pensé que no sabía su nombre y que no era más que un añadido de mi escenario cotidiano. Cerré los ojos para pensar en lo que mi abuela me repitió insistentemente; “hijo, cuando algo desaparece empezamos a reconocer su verdadero valor”. La viejecita de los caramelos no se desvaneció, pero apareció con una nueva luz. Pararse a pensar lo que vemos cada día es retornar a la infancia, a esa época que se tiñe de porqués y no se consuela con respuestas simples. Por primera vez me molestó su indigencia como yo incordiaba a mi rico empleador.
El señor Juan, mi patrón, con sus comentarios sarcásticos construye su identidad apuntalándola en mi desgracia. Soy suficientemente pobre para mi empresario e insulsamente rico para la viejecita de los caramelos. Todo depende de la perspectiva. La felicidad no puede existir en un espacio abismal e infranqueable entre los que tienen todo el poder y los que lo soportan estoicamente. Hay haraposos que dicen ser felices y ricos ociosos que se gastan una fortuna con terapeutas para malvivir con terapias milenarias. Tengo la certeza que son los que se recrean con el tránsito de su existencia los que atisban ciertas dosis de felicidad. Lamentablemente no nos han enseñado que la felicidad es un estado, una forma de estar en el mundo. Nos han vendido la idea que el progreso se engendra en la insatisfacción, que no hay posibilidad de cambio sin molestias. Los felices santifican su momento y miran con desdén a todos aquellos que se empecinan en señalarles la miseria de su propia vida.
Amar es adentrarse en la perspectiva del otro. Desnudarse para vestirse con los ropajes del amado. La tolerancia siempre me ha turbado, me ha causado más desazón que complacencia. Me fascina la aceptación porque no se dirime en comparaciones. Aceptar al diferente exige coraje, sentir que nuestra insignificancia se desdibuja con la presencia del desemejante.
El ruido se opone al silencio de la misma forma que la aceptación a la exclusión. Las ciudades del opulento occidente son silenciosas porque sus ciudadanos cabizbajos son entes solitarios en su mundo hostil. Los pueblos del tercer mundo son ruidosos para olvidar que siempre serán excluidos por la violencia de un mundo que los necesita. Los ejecutivos neoyorquinos necesitan que me paguen mil soles para vestirse con unos pantalones que valen más de tres mil soles. Parece que la riqueza se diluye cundo se comparte. La justicia social es una patraña de los caciques auspiciados por un poder invisible. Los tentáculos del poder no atienden a remilgos, avanzan por su propia fuerza interna. Un poder no puede derrocarse sin la emergencia de un contrapoder, tristemente estamos signados al poder que nos ha tocado.
Mientras camino por el boulevard más emperifollado de la ciudad sospecho que la economía es una ciencia funesta. La riqueza tiende acumularse en unos pocos, que como predestinados por una luz divina ostentan sin miramientos sus propiedades a un ejército de harapientos. Una escuadra de desposeídos que a pasos marciales caminan al compás de sus generales. Intuyo que los nombres de los opresores se han silenciado porque la titularidad de las sociedades anónimas permite la explotación sin señalar a los verdaderos responsables.
Observo a las ávidas amas de casa comprar retales para adornar sus casas arruinadas, mientras un joven, enriquecido por sus padres esforzados, adquiere un tejano carísimo al lado de un indígena, cuarteado por el sol de la sierra, que vende collares a un precio irrisorio. Todo es tan real que la nausea me invade. Sólo centrándome en cada uno de los personajes puedo contrarrestar el sabor de la tristeza.
Me encantaría desvelar la fuerza que le acompañó al indígena partir de sus altivas y majestuosas montañas para subsistir en una ciudad ruidosa y sin tierras cultivables. Creo que me podría legar el modo de dignificar la vida humana.
Las amas de casa aturdidas por el futuro de sus vástagos se entretienen en la búsqueda de nuevos tejidos para adecentar sus desvalijadas casas. Me las imagino en sus charlas intrascendentes de domingo para comprender las desgracias de su vecindario. En todo barrio se producen suficientes acontecimientos para no enfrentarse a ninguno y el único consuelo que les queda es hallar alguna razón explicativa. Cuando conversan su dolor se esparce y no se sienten aisladas. El proceso de individuación de los occidentales es tan productivo que me parece aterrador.
Puedo llegar a entender que el joven de buena cuna sienta que todo lo que posee le pertenece por su estirpe. Todos tendemos a ver aquello que queremos ver y nuestros sentimientos siempre se tamizan por la fuerza de nuestras vivencias. Las vivencias son personales e intransferibles y no podemos ser más que lo que somos. Sólo cuando un suceso inesperado sesga nuestro equilibrio buscamos asideros para reestructurarnos. Adquirimos conciencia de nuestra fragilidad en la medida que envejecemos. Supongo que el joven, encantado con su suerte, llegará un día que se dará cuenta que ya no será importante para nadie.
Estoy orgulloso, después de leer durante tres noches seguidas un libro del revolucionario Marx, de haber descubierto que la utopía es un sueño de la razón y la quimera es un sueño de la fantasía. No sé si la dignidad proviene de unas quimeras vestidas con los ropajes de las utopías o de unas utopías que se han presentado como quimeras. Pienso que las ilusiones nutren la vida humana y si secamos los manantiales de la utopía brotará la barbarie. Nuestro mundo es insultantemente bello y bárbaro. Sólo podemos estar despiertos sin perder la capacidad de soñar. Tenemos que levantar aquellos que se esfuerzan por su fatídica complacencia adulta. Para los niños el mundo no es hostil, es un lienzo para pintar sus ilusiones. Sostengo que pensar es no olvidar el niño que llevamos dentro.
Pensar es una tarea huidiza, pero presiento que es el mejor modo de hacer visible lo que permanece oculto. Sostengo que las quimeras nos ilusionan, las utopías nos alimentan y la capacidad de pensar nos sostiene con cierta dignidad. Hoy, caminando por el boulevard más engalanado de mi ciudad he sido capaz de hacer visible lo que ha permanecido oculto durante demasiado tiempo. No podré dejar de ver a la abuelita, que vende caramelos a los niños de mi barrio. Soñaré con los anhelos del campesino, de piel cuarteada, que vende collares a precio de saldo. Estaré sentado a la vera de las amas de casa en busca del sentido de los acontecimientos. Viajaré con el joven afortunado en busca de sus descubrimientos.
El pensamiento es una tarea inacabada. Con nuestras palabras iluminamos una porción de la realidad y oscurecemos otras. Los que vendrán con sus potentes luces iluminarán las zonas umbrías y el zigzag nunca estará complementado. Pensar es dar voz a los silencios.