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A lo largo de la historia la sociedad ha sido siempre controlada por un poder vertical, que en sus diferentes variantes, nunca ha demostrado ser válido para garantizar el bienestar de todos los que la componen.

Nos encontramos en un momento de incertidumbre ante una crisis económica, cuyas dimensiones y posibles consecuencias son desconocidas por la mayoría de nosotros. Como ciudadanos, percibimos falta de transparencia por parte de las clases políticas e intuimos que seremos principalmente la sociedad civil, los que sufriremos más duramente sus consecuencias, como ha ocurrido siempre en el devenir de la historia.


Nuestro proyecto va dirigido a encontrar nuestro valor como individuos para comprobar el propio poder y conectarlo entre todos a modo de red.
¡Algo absolutamente nuevo puede emerger!

El nuevo poder de la sociedad civil

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Crisis económica, una oportunidad para el cambio
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“El hombre es una animal suspendido en redes de significado que él mismo ha tejido, considero que la cultura consiste en esas redes, y su análisis, por tanto, no ha de ser una ciencia experimental en busca de leyes, sino un estudio interpretativo en busca de significados”  Max Weber.

Muchos de los que se han tomado en serio los asuntos humanos se han afanado por señalar aquello que nos diferencia del resto de los animales. Unos afirman que somos un mono con suerte (buena o mala), otros que somos capaces de reflexionar más allá de las necesidades instintivas, otros que somos conscientes de nuestra propia finitud u otros que formamos sociedades complejas. Cualquier hipótesis que nos planteemos no podrá establecer un abismo crítico entre los seres humanos y los animales, más bien nos contentaremos con señalar que es cuestión de grado más que de clase.

Propongo la hipótesis que nuestra unicidad reside en que somos los seres más sofisticados para contarnos historias y creérnoslas. Como animales crédulos buscamos el sentido a todo aquello que nos acontece. Cuando sentimos que nuestras historias flaquean solemos tildar nuestro tiempo como crítico.

Las crisis nos muestran el lado sombrío de nuestro relato y por un momento nos olvidamos de nuestra gran facilidad para pasar por alto los aspectos desapacibles de nuestro confortable cuento. Nuestra estructura narrativa nos posibilita comprender que siempre tienen que existir protagonistas, agentes con responsabilidad sobre el devenir de los acontecimientos.

Las crisis se producen cuando nos hemos percatado que somos unas meras marionetas de un relato que nos asfixia. Propongo el símil que nuestra existencia puede ser comparable al surcar el océano (que en unas ocasiones muestra descarnadamente su bravura y en otras nos ofrece una paz inexplicable) con un barco (que nos ha tocado por nacer en un determinado lugar y que nos aferramos –o huimos- porque no podemos más que amar o detestar nuestro destino). Los almirantes desde la tierra justifican la carencia de mapas en los imprevisibles vaivenes del océano, mientras los capitanes se quejan que no tienen cartas de navegación. Schopenhauer afirmaba que “un barco que no sabe dónde va, cualquier viento le empuja a rodapelo”, así los más aguerridos se amotinan en la búsqueda de un destino, mientras la mayoría se acomoda en las bodegas lúgubres y malolientes (que en tiempos gloriosos sólo servían para almacenar nuestros desechos). Los náufragos azotados por los oleajes buscan un velero, que sin timonel, les empuje con el viento.

Nos podemos preguntar al hilo del relato, ¿por qué naufragamos? Cada uno de nosotros es capaz de ofrecer su propio cuento. Por otra parte, el poder nos adoctrina con su propia fábula, que sutilmente tiende a responsabilizarnos de una navegación que nos ha impuesto. De la mano de Spinoza que entendió que el conatus (perseverar en el ser) nos define, podemos plantear un nueva carta de navegación. Más allá de una interpretación individualista, propongo la historia que sostiene “que nuestra supervivencia no puede entenderse sin la conciencia que lo más importante en la vida nunca es cuestión de cálculo”. La historia que nos han legado se asienta en hacernos creer que somos unos simios que entendemos el mundo en términos instrumentales. Así, nos han dicho que la esencia de la vida es evaluar probabilidades, calcular posibilidades y utilizar los resultados a nuestro favor. Nos han hecho olvidar que como decía Aristóteles que la esencia de la felicidad radica en la amistad y nos han educado exclusivamente para tener aliados o enemigos. No nos permiten mirar a nuestros compañeros, nos encomiendan la ingrata tarea de vigilarlos.

La reflexión de Sartre nos impele tanto a inanidad (el hombre es una pasión inútil) como a la fortaleza. Siempre nos resultará más satisfactorio interpretarlo desde la afirmación que la existencia precede a la esencia y, por consiguiente, estamos obligados a elegir nuestra forma de vida. Creo que nos quería decir que hemos de elegir cómo vivir nuestra vida y no podemos confiar en que reglas o principios preexistentes nos digan cómo hacerlo. Desde la conciencia que hemos sido educados como simios instrumentales, podemos reivindicar que somos capaces de comprender que cualquier ser humano es un fin en sí mismo. Podremos decirles a las organizaciones que nos somos recursos humanos (del mismo nivel que los financieros o materiales) y que “somos los amigos que tenemos”.

 

Publicado en: Filosofía
Email del autor: svillarp@gmail.com

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Marí­a Oliver
# Marí­a Oliver
martes, 14 de abril de 2009 18:15
Aquello de "el infierno son los otros", me ha puesto, me pone y me pondrá la piel de gallina... si al menos le hubiese añadido un "pueden". Siempre me ha parecido una afirmación de enano acomplejado y amargado.... y eso que decía tener grandes amigos.... Que el existencialista nasa vitalista me perdone, vaya por Sartre. Gracias, Santiago, así es... somos los amigos que tenemos, sí, y no debemos dejar de saberlo y afirmarlo en los departamentos de recursos humanos, para que cambien de una vez su esclerosante visión.... El divide y vencerás como lema corporativo (hay ejemplos de ello incluso en la arquitectura de algunas universidades que se han propuesto funcionar como wolrd trade centers en nombre de la excelencia.... véase UPF).. Una red de amigos con intereses comunes y recursos en común... esp es capital, no? y no el vil metral, digo.
Juan Trigo
# Juan Trigo
martes, 14 de abril de 2009 19:03
Disculpa Santiago, me ha llamado la atención la palabra "unicidad" a continuación de "nuestra". ¿Podrias aclararme esto? Muy agradecido.
Juan
Santiago Villar
# Santiago Villar
martes, 14 de abril de 2009 23:39
Juan
Desde la filosofía, el principio de unicidad explica que cada suceso, cada evento tiene la característica de su singularidad, de su particularidad. En este sentido pretendía referirme "aquello que no es propio, que posiblemente nos puede diferenciar del resto de los animales". La unicidad intenta responder a lo que nos singulariza por pertenecer a una determina clase. Por otra parte, podríamos pensar la unicidad en términos de substancia (lo que es necesario, que sostiene, lo que nos define). Espero haberte respondido.
Gracias y abrazos.
Maria Oliver
# Maria Oliver
miércoles, 15 de abril de 2009 0:15
Entonces, nuestra unicidad, es que somos criaturas en busca de sentido, no? Como especie, digo....
Nemo
# Nemo
miércoles, 13 de mayo de 2009 21:37
Entramos en crisis cuando entramos en conflicto con nosotros mismos.

El hombre, a lo largo de su vida, va acumulando experiencias. Experiencias que desde su visión particular, y por lo tanto parcial, intenta interpretar de la mejor manera posible.

Interpretar significa dar un sentido a algo, formarse una idea sobre ese algo. Por supuesto, a cada interpretación o idea formada, se le asigna un componente sentimental negativo o positivo, y de mayor o menor intensidad.

La crisis sobreviene cuando una idea o concepto que tenemos formado sobre algo que es importante para nosotros, cambia de forma radical o empieza a tomar un cariz diferente. Es decir, lo vemos o empezamos a verlo de forma distinta.

En consecuencia, lo que antes tenía sentido, deja de tenerlo. El individuo se ve entonces a la deriva, como un náufrago, habiendo perdido, de alguna manera, el control de una parte de su vida.

Pero ser significa, ante todo, perseverar en el ser. Y, por lo tanto, nuestra naturaleza nos lleva a reinventarnos, a asumir la equivocación provocada por la parcialidad de nuestra perspectiva individual y a intentar dirigir de nuevo nuestras vidas.

En la perseverancia cristaliza la pasión humana por la vida. Cada individuo sabe que es diferente al resto de individuos. Por eso, aunque es un medio para la perpetuación de la especie, es un fin en sí mismo. Esto es también lo que diferencia la humanidad de la animalidad (como decía Kierkegaard).

Sólo cuando un hombre contempla a otro como un fin puede surgir la amistad. Esa amistad, antesala de la felicidad, que nos hace más comprensible el mundo y nos aleja de las soledades no deseadas, que son las más duras de soportar.

Deseamos, o queremos, lo que no tenemos. Pero lo que en realidad tenemos es poco tiempo y pocos amigos. La lógica de la felicidad debiera incitarnos a desear lo que ya tenemos, y a disfrutar de ello. Tendriamos que aprender a valorar lo que tenemos - es un contrasentido valorar algo que no se tiene y que desconocemos.

En las relaciones humanas lo que tenemos es lo que somos. Por eso, somos los amigos que tenemos. Lo demás, sólo es tener por tener sin consecuencia ninguna.



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