Toni Pons posted on febrero 25, 2009 05:00

Hace poco un doctor en ciencias naturales me contaba que había recibido de otro científico un documento visual que le había dejado “perplejo”. El video en cuestión se refería a un pájaro de la familia de los “grajos”. Este documento visual es una prueba de laboratorio donde el grajo estaba filmado en primer plano y con cámara fija. El experimento consistía en que dentro de una botella se encontraba un gusano y al lado una barrita… el grajo coge con su pico la barrita y la introduce en la botella intentando hurgar en el fondo para intentar extraer el gusano. Al cabo de pocos intentos fallidos cambia su estrategia, esta nueva estrategia consiste en que ayudándose con el pico y el aro de la boca de la botella hace palanca y el grajo consigue modificar la barrita y convertir una de sus puntas en un gancho. Una vez conseguida esa modificación, introduce sin titubeos la barrita gancho por su lado correcto y consigue sacar el gusano del fondo de la botella.
Se supone, decía este doctor, que este protocolo de laboratorio nos confirma sin dudas que este pájaro es cognitivamente inteligente, es decir, que tiene ciertos conceptos lógicos muy desarrollados y nos conduce a un nuevo paradigma de lo que suponíamos que era la inteligencia. Según su opinión este experimento científico reabre el tema siempre difuso entre instinto e inteligencia.
En el ser humano la palabra “instinto” tiene siempre una connotación de pureza, es decir, de una fuerza biológica romántica que nos impulsa a determinados actos involuntarios de forma original. Apelamos al instinto como si fuera la fuente más originaria de nuestra identidad, el lugar del cuerpo o del alma donde reside una extraordinaria y simbiótica sincronicidad de nuestra identidad y las fuerzas de la naturaleza… sin embargo es obvio que en esa comparación con lo que suponemos experimentan los animales -digo “suponemos” si atenemos a la verdad que manifiesta con contundencia el experimento que he expuesto anteriormente- no tiene mucho fundamento, ya que la sexualidad de los seres humanos no funciona como el reloj biológico del celo animal.
Los seres humanos no somos instintivos tal como hemos entendido que son los animales. Según la psicología profunda, esta pretensión de naturaleza instintiva nos es inalcanzable, ya que al incorporar el lenguaje, la naturaleza instintiva la hemos dejado inexorablemente atrás, solo forma parte de un universo mítico, al cual nunca volveremos, es decir, el “instinto” forma parte de esos objetos perdidos por los cuales nos dolemos o nos frustramos inexorablemente y que nos cuesta renunciar. Nuestro plus de agresividad, nuestra deformidad agresiva, es lo único que emerge de este universo instintivo original, precisamente porque el lenguaje presiona la base instintiva y la deforma apareciendo en sus picos una intensidad desconocida por las otras especies animales. Al incorporar el lenguaje sobre esa placa, así como entrechocan las fuerzas tectónicas y se alzan las cordilleras, así se eleva nuestra agresividad al recibir la presión del lenguaje por los bordes de nuestro continente psíquico. Este es sin duda un precio que debemos pagar al ingresar como especie en el mundo del lenguaje o de nuestro pensamiento.
Nuestro verdadero instinto está en el pensamiento, en aquello que produce para contrarrestar esa deformidad agresiva que nos puede llevar a nuestra destrucción como especie. En nuestro pensamiento subyace un principio instintivo de autoconservación, que se manifiesta en la ética, y el amor, si estos dos pilares se ven superados, nuestra deforme agresividad acabara con nosotros. Quizás si este grajo que hemos comentado utiliza la lógica cognitiva, podemos pensar que esa inteligencia en crecimiento emerge de las profundidades del instinto, pero el grajo no habla, no esta aún inmerso en ese discurso que teje el lenguaje y es por ello que es menos autodestructivo.
El lenguaje es un intento de la evolución, uno más, pudiendo fallar como experimento de la vida. Depende de nosotros, de nuestro autoconocimiento, el que podamos utilizar tan prodigioso don de la vida para conservarla y entenderla en toda su profundidad y para servir al proceso creativo de existir. Todo ello pasa por contrarrestar nuestra deformada agresividad mediante la ética y el amor.