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Crisis económica, una oportunidad para el cambio
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También es importante que nos envieis vuestros artículos para publicarlos en esta sección.

Somos conscientes, que en muchas ocasiones, algunos artículos pueden resultarnos difíciles de leer por falta de algunos conocimientos de base en ese tema específico. Nuestra intención es ir comentándolos entre todos y facilitar la labor de comprensión. No dudeis en preguntar sobre cualquier término o concepto que no os resulte comprensible, por básico que os parezca.

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La dignidad implica que somos capaces de discernir entre lo valioso y lo superfluo. Así, lo que tiene valor es lo que nos sostiene, lo que nos proporciona una determinada identidad personal y, en gran medida, lo que nos permite reconocernos como ciudadanos de nuestra sociedad. Por otra parte, lo superfluo es aquello de lo que podemos prescindir, es decir que su ausencia no nos hará sentirnos excluidos de la sociedad que nos ha engendrado.  De esta manera, nos indignamos cuando aquello que consideramos valioso (no superfluo) es vulnerado, cuando la dinámica económica (que en gran parte determina, aunque no exclusivamente, nuestra posición social) nos expulsa a la periferia.

Los límites entre la dignidad y la indignidad varían de una sociedad a otra. Parece que cada sociedad tiene unos valores que señalan las fronteras entre lo digno y lo indigno.  Escrutar los valores de nuestra sociedad nos permitirá comprender parte de las razones que movilizan a los “indignados”.

No cabe duda, que proponer una única metáfora para comprender nuestra sociedad comporta sus riesgos. De un modo u otro, tenemos metáforas exitosas como la “sociedad líquida”, la “sociedad del riesgo”, la “sociedad en red” o la “sociedad postmoderna”. El riesgo de escoger una sola perspectiva es que algunos, con muy buen criterio, podrían aducir que no se sienten identificados y que sus valores no le implican a identificarse con la metáfora propuesta.

Lo que parece evidente es que enfatizar la autonomía individual implica la pluralidad de valores. El gobierno de una sociedad que se las ingenia para socavar la emancipación de sus individuos comporta la posibilidad de gobernar en nombre de una voluntad general definida. Por otro lado, el gobierno de una sociedad que apuesta por la dignidad, por la consideración que cada persona es merecedora de respeto, tiene serias dificultades para aglutinar las distintas voluntades en una voluntad general.

La metáfora de una “sociedad plural” implica que cada uno es responsable del sentido de su propia existencia y, a su vez, la aceptación de un “marco de sentidos compartidos” que definen los lindes entre “nosotros” y “ellos”. Cuando nos sentimos amenazados nuestro instinto nos impele a sellar las porosidades de nuestras fronteras, para aferrarnos a la centralidad de nuestro “marco de sentidos compartidos”. 

Los hechos recientes, como la manifestación constante de los indignados, son una muestra fehaciente de cada vez más el “marco de sentidos compartidos” se va licuando y que muchos, descaradamente o subrepticiamente, son expulsados a la periferia. Son los fronterizos, los que han vivido o han conocido de oídas el centro, los que se manifiestan quejándose de su insidioso y paulatino desplazamiento.  La dignidad que nos podría conferir el “marco de sentidos compartidos” se esfuma. Así, sin la dignidad que proviene de formar parte de un “nosotros” no podemos ni siquiera edificar el sentido propio de nuestra existencia individual.

No podemos vivir ajenos a la política porque históricamente ha sido el procedimiento más efectivo para fijar las fronteras de nuestro “marco de sentidos compartidos”. Se podría pensar que lo que define la mayoría de los movimientos sociales (en pro de la dignidad, de la justicia, de la igualdad…) que emergen en nuestros tiempos se asientan en las dificultades con las que se topan los individuos para constituir el sentido de su existencia individual. Es al sentir nuestro desarraigo cuando nos encabritamos y nos asociamos para cambiar las fronteras, que los guardianes se empecinan en considerarlas inamovibles, para recuperar o adquirir la dignidad como personas.  La fuerza creativa nace de la indignación, por la agria sorpresa de un orden de los acontecimientos que nos expulsa. Un desencanto aglutinado en la propuesta de un nuevo “marco de sentidos compartidos” podría proporcionarnos una nueva era, pero un desencanto quejumbroso y sin valores que lo sostengan perpetuará las fronteras existentes.      

Publicado en: Filosofía
Email del autor: svillarp@gmail.com

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Comments

German  Pinto
# German Pinto
viernes, 09 de septiembre de 2011 7:40
Es una perversion de la democracia que está produciendo daños inmensos en todos los sentidos a las personas y que socava y hunde a las democracias y que cuando se pierde es muy difícil recuperarla y hay numerosos ejemplos de indignidad del gobierno que podriamos traer:reforma laboral injusta,reforma constitución sin respetar plazos ni nada,etc etc.todas muy graves de un gobierno indigno y vasallo a los mercados,a Merkel o a todos a la vez,la dignidad cuesta ganartela y la pierdes en un momento y éste gobierno la perdió hace mucho.
chus
# chus
viernes, 09 de septiembre de 2011 8:41
Cierto Santiago, cierto Germán.
Las fronteras de la indignidad están crujiendo con las de la indignación como las placas tectónicas.
Aunque no son muchas las filas de los indignados asociados en comparación a la masa inerte, lo importante es que el grado de conciencia, y por tanto, de respuesta, vaya creciendo. Incluso el debate con las fuerzas reaccionarias es positivo en este sentido. Este movimiento pone de relieve el grado de abyecta imbecilidad con su desparpajo impune, revelando sus fundamentos egoistas y clasistas, así como en contraste, el grado de compromiso social que se puede aportar más allá del interés individual, en la respuesta. El mero hecho de que algunos políticos se hayan puesto a rectificar o pedir perdón (algun@s no lo harán nunca, o se lo guardan para el confesionario, su tribunal último) significa que algo les importa la respuesta que obtienen al eco de sus exabruptos.
Más importante aún que la crítica es conseguir que la gente mire, atienda, reflexione, juzgue por si misma más allá de sus barricadas y sus telenovelas.
José
# José
sábado, 10 de septiembre de 2011 14:21
Somos 1 somos TODO
Sin los OTROS no somos NOSOTROS
Toda acción NEGATIVA hacia el OTRO por insignificante que nos parezca se amplifica en perjuicio de NOSOTROS
Toda acción POSITIVA hacia el OTRO por insignificante que nos parezca se amplifica en beneficio de NOSOTROS
Lo que ES evidente es que enfatizar la autonomía individual implica la pluralidad de valores. ..................... el gobierno de una sociedad que apuesta por la dignidad, por la consideración que cada persona es merecedora de respeto, NO tiene serias dificultades para aglutinar las distintas voluntades en una voluntad general. PORQUE SE BASA EN LA ENERGIA DEL AMOR Y LA COMPASIÓN DE LA QUE NACE UN PROFUNDO SENTIDO DE LA RESPONSABILIDAD HACIA UNO Y HACIA EL TODO Y POR LO TANTO EL RECONOCIMIENTO Y EL RESPECTO DEL UNO Y DEL OTRO, ES DECIR DEL TODO
Esther Ibáñez
# Esther Ibáñez
sábado, 10 de septiembre de 2011 21:39
Gracias Santi por adentrarnos en el sentido de la dignidad-indignidad.
Yo tengo una percepción diferente acerca de que es lo que realmente activa la indignación. Para mí es sin duda la injusticia, ya sea hacia mí o hacia cualquier otra persona. Es más, en muchos casos cuando me he sentido víctima de una injusticia, el sentimiento que ha nacido es el de tristeza, pero cuando tan solo soy testigo de los actos injustos, sin verme yo afectada, es cuando siento mayor indignación. Y me indigno porque no lo entiendo, especialmente cuando se acompaña de cinismo como es el caso de la actuación de los políticos.

En el 15M había mucha gente que no había sido afectada directamente por la crisis, que no se había sentido excluída. Mucha gente reaccionó porque veían que la situación que se estaba produciendo era absolutamente injusta, porque hemos descubierto en los últimos años que nos han engañado y nos hemos dejado engañar creyendo que vivíamos en democracia, y descubrimos que en el fondo es una dictadura donde no tenemos ningún poder de decisión.

Pero por otro lado si que creo en ese nuevo marco de sentimientos compartidos que podrían conducirnos a una nueva era, precisamente por el hecho de compartir. Ese fue el auténtico espíritu del 15M
Nemo
# Nemo
lunes, 12 de septiembre de 2011 21:01
De la política se pueden destacar, al menos, dos aspectos relevantes:
En primer lugar, que es una necesidad. Es decir, gracias a la política podemos organizarnos de manera "ordenada", asegurando una relación beneficiosa entre los diferentes individuos que conforman la sociedad. Una asociación sin reglas de juego, es decir, sin lleyes, está condenada al caos y al fracaso.

En segundo lugar - y siguiendo el razonamiento anterior- la política es algo valioso, porque de ella emanan las normas que hacen posible la convivencia cotidiana.

Por lo tanto, la política es un valor en sí mismo. Y, además, es un valor necesario del que el individuo no puede prescindir cuando lo que pretende es conformar un entramado social que favorezca y facilite su existencia.

Ahora bien, otra cosa es el político. La humildad, la honestidad y la vocación de servicio deberían ser sus valores más valiosos. Sin embargo, la jerarquización anquilosante de los partidos políticos, la estricta disciplina que ejercen los mismos sobre sus militantes y la ambición desmedida (carrera política) de éstos, perturban y pervierten la eficiencia del sistema político.

El ejercicio de la política conlleva poder y éste, sin la suficiente humildad, corrompe y hace que el político ponga la política a su propio servicio, cayendo de esta manera en la indignidad, propia y ajena. Este tipo de político (el indigno) es superfluo, porque la sociedad puede prescindir perfectamente de él. El político valioso es el que hace de la humildad y la honestidad bandera.

El político debe preservar y potenciar la pluralidad de valores, para, de este modo, garantizar la autonomía personal y evitar la instauración de un "pensamiento único" que debilite la individualidad y, en consecuencia, la riqueza de propia sociedad.

Si nos situamos en las fronteras de lo digno y lo indigno, la indignidad del político debería acabar donde empieza la dignidad del ciudadano.


Esther Ibáñez
# Esther Ibáñez
martes, 13 de septiembre de 2011 10:50
Qizás el cambio consista en que el ejercicio de la pollítica no conlleve poder sino tan solo SERVICIO. Esto solo será posible si el ciudadanos se involucran totalmente en ella.
Nemo
# Nemo
martes, 13 de septiembre de 2011 20:53
¿Es posible separar el ejercicio de la política de la concentración de poder? A lo largo de la historia, una cosa siempre ha ido unida a la otra. Esto es hecho.

Por otra parte, el político siempre ha sido el eslabón de unión entre el "gran capital"(las grandes y poderosas fortunas) y el ciudadano. No nos olvidemos que el poíitico es un mero intermediario entre ambas figuras. Y que, en numerosas ocasiones, atiende más a los intereses del capital que al bien común social.

Además, la figura del político independiente, que podría aportar mayor diversidad dentro del panorama político, es pura utopía. El sistema de partidos vigente hace imposible esta posibilidad. En el actual sistema la figura del militante político acapara todo el protagonismo.

Etimológicamente, la raiz de la palabra militante viene de militar. Y, en la práctica, se comporta como tal; ya que acata las órdenes dictadas por la jerarquía del partido político a que pertenece. Es lo que se viene denominando disciplina de partido. De forma que cualquier discrepancia pública que el militante ponga de relieve, supone, a corto o medio plazo, el fin de su "carrera política". Por eso los líderes políticos ven como valor supremo del militante su "fidelidad" al partido.

Si se pudiera elaborar un sistema político que pudiera prescindir de un centro de poder, y en el que hubiera tan solo SERVICIO, puro y simple servicio, se producirían dos circunstancias inéditas y, a la vez positivas. La primera, que al 90% de los "políticos"dejaría de interesarles la política. Y, la segunda, que el esfuerzo colectivo de los ciudadanos redundaría en un mayor beneficio social y una mayor productividad.

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