
Saturación, pienso. Silencio, me digo.
Silencio, apagar el ruido de las redes, meditar sobre qué son, qué hacen, qué me hacen, qué hago en ellas, con ellas… Silencio bajo un árbol, en el monte, para pensar el marasmo económico-ecuménico y las acciones posibles, en curso… Silencio, sí, para que la coherencia sea… Retomar la actividad otoñal limpia de servidumbres (las más posibles) y ligera de equipaje, volver para practicar más hondo y mejor la austeridad, hasta y sobretodo del deseo. Unos días de silencio y desconexión, porque en el silencio y la desconexión se encuentra una y se fortalece, se enraíza y alimenta, bebe.
Esta página, colaborar aquí, rondar este lugar que se ha ido ensanchando y nos va ensanchando, en tantos sentidos, ha sido fundamental para el cambio que se ha operado en mi cosmovisión. Ahora quiero, pausadamente, dejar que se aposente lo aprendido, seleccionar los frentes de acción asumibles, establecer prioridades, sostener acciones posibles, durar en ellas, con ellas… abandonar la dispersión… Centrarme, en una palabra y, para ello, sólo el silencio sirve, creo.
Uso las redes para pescar, para llegar directa a los mejores artículos de la prensa libre, para no leer de los periódicos más que aquello que los amigos señalan, para topar con excelente música, buenos contenidos, cientos de ellos, miles … Pesco realidad, una realidad más allá de lo contingente, del día a día y ello, de la mano de la red de amigos que el olfato, la intuición, la afinidad ha ido tejiendo…; cribo, hallo … Con el correr de la frecuentación, intensa, hecha de derivas, meandros, espoleada siempre por hallazgos y encuentros; con el paso del tiempo y la suma de “milagros” se dio (por erosión) la suspensión de la incredulidad… definitivamente. Creo sin remisión aunque con algunas dudas, que la noosfera es… que estamos conectados y que la potencia es grande, enorme… Creo en la coherencia del ritmo cardíaco de ese enorme común denominador que es la red… pero tengo dudas. Dudas sobre el cómo y el qué. Dudas que no han de resolverse… son preguntas, en el fondo, que, sin respuesta, vienen a dar en dudas… Y, precisamente, se trata de vivir –flotar en el océano 2.0-- con ellas, como en la vida… Pero: ¿cómo integrar el infinito, lo vasto, lo ingente en una vida que aun se rige por el tiempo, el día con sus ocupaciones y “deberes”, servidumbres vitales? (trabajar, alimentarse, descansar, salir, verse, vestirse, comprar, no hacer, ir al cine, reflexionar, cortarse las uñas…) Acaso sumirse en un silencio temporal, darle cancha, dotarse de higiénicas pausas sea manera.
No hago un uso profesional de las redes, al menos no directamente y acaso debiera… Son más bien –abandonada la redacción de las newsletters de CE2010—un termómetro, una forma de tomar pulso y rastrear realidades vibratorias afines. Y sentirme (ser?) ciberactiva (-ivista?) Pienso ahora que acaso esté bien “especializarlas” como forma de personalizarlas. Así, FB se mantendría como ventana para flotar y pescar; Google + como muro de reflexión sobre la red y ya… Twitter, Linkedin, Xing y otras quedan, por el momento y diferentes motivos, descartadas. Pero, ese pensamiento necesita aún del período de silencio para germinar o morir.
La cosa es, como decía: ¿cómo aunar/compaginar el infinito, la euforia que provoca, las horas que ocupa, la irrupción de contenidos, de emociones que implica siempre esa extensión de una que es hoy el 2.0, con la vida “propia”, íntima e intransferible, única, con la materialidad del día a día, la reflexión (que exige pausa, silencio y concentración)? Y, sobretodo cómo compaginarla con la acción política necesaria a la vida hoy… Esa acción que es pura resistencia; una resistencia que viene a doblar la que ya en sí, de por sí, implica el vivir sin renunciar a la alegría.
En fin, ahora que se viene la pausa estival, quería compartir esto que rumio, mastico, a la espera de digerirlo y anunciar que abro un período, que sospecho largo, de silencio decantativo, espero.
No sé bien por qué necesito “espectacularizar”, en todo caso compartir acá esta decisión. Seguro tiene mucho que ver con esa nueva forma de lo íntimo que los sociólogos, los antropólogos, llaman “extimidad”. En todo caso, sé que va más allá de la mera educación, de la urbanidad… Es algo así como responder sinceramente a los amigos, los de veras, a un “¿cómo estás?” “Pues mira… pensando en callar”… Porque, en el fondo, me da a mí que, eso, el sentido de la palabra “amistad” (y su “secuela” “afinidad”) es lo que el rondar redes ha alterado profunda y fecundamente en mi sistema operativo. Y, sólo el silencio, la sombra del árbol, el trino del pájaro, la pausa de la lectura y el dolce farniente han de permitir la meditación activa que me clarifique ese nuevo mundo/modo en que nos movemos… ese nuevo cosmos que es lo 2.0. Que lo sitúe en la intimidad del ser, que ilumine, aclare qué lugar ocupa, qué es, qué ha cambiado, alterado, aportado su “irrupción”. (Más allá de mí aunque en mí, desde mí. Ese “mi” que ya no es sólo un “yo”; en todo caso, un “yo” que no se define por tener, poseer. Un yo que ha sido desposeído por la fuerza de las sinergias y “casualidades”, en la marea del universo 2.0