Primero los Gobiernos abordaron el salvamento del sistema financiero (con dinero público, nuestro dinero) bajo la principal amenaza de que si no se les ayudaba a sostenerse... el sistema se derrumbaría sobre nuestras cabezas.
Nos decían que había no obstante más ventajas: era la forma de que volviera a fluir el crédito hacia empresas y familias, y era también el modo de tomar tiempo hasta las necesarias reformas del sistema. Un fallo evidente del mismo era el de la supervisión - que corresponde a los diferentes bancos centrales- y otro igualmente notorio… el de las agencias de calificación.
Entonces no éramos conscientes, pero lo que estaba pasando era que el poder político - incapaz de imponer limitación alguna al poder económico- incluso dejaba abiertamente a las zorras al cuidado del gallinero. El sistema se ha salvado, a costa de emplear el dinero público para sus saneamientos parciales, mientras que –por supuesto- el crédito sigue sin llegar a empresas y familias.
Si nos referimos ya al caso de España, hay que recordar que a la crisis financiera internacional, se sumó una crisis inmobiliaria singular y propia (por su profundidad) de la que habría que decir que ha dejado importantes volúmenes de activos inmobiliarios tóxicos en el Balance de las Entidades, de los que no van a poder desprenderse en años, y que estas –contando con la connivencia del supervisor- van provisionando pero tacita a tacita. Eso les permite, por un lado, seguir pagando dividendos mientras el supervisor mira para otro lado y por otro, lo que es más grave… a pesar de su calamitosa situación…hacerse con la mayor parte de las entidades resultantes de la bancarización del singular sistema español de Cajas de Ahorro. Y aquí animados por el supervisor, coreado por los partidos mayoritarios –ahí están de acuerdo PP y PSOE- que al grito de que lo público está mal gestionado, y de que las Cajas no tienen la dimensión adecuada… las entregarán a los Bancos. Eso si, baratitas y bien saneadas… y una vez más con dinero publico. Si, suyo de vd. y mío. A estas alturas, yo ni siquiera sabía que tenía tanto dinero.
Simultáneamente en el tiempo, y volviendo a la escena internacional, se había pasado a una segunda etapa con una nueva crisis: la de la deuda soberana en Europa. Es evidente que a las malas prácticas de los últimos años de los déficits propios de los Estados, se habían unido los requerimientos presupuestarios necesarios para el salvamento del sistema financiero. Pues bien, ahora resulta que los débiles son los Estados. A juicio de las entidades ¡excesivamente endeudados!. Es evidente que las zorras se han crecido. Dueñas del gallinero y de las cuadras ¡quieren ahora quedarse con la granja!.
En la actual situación, los países “rescatados” se financian –reglas del mercado- a intereses de usura insostenibles. Los tipos a tres y seis meses, superan el 7 %, y a dos años, oscilan –según países- entre el 10 ¡y el 25 %!.
Es decir, antes de que los Estados más solventes tengan que abordar un nuevo rescate, los rescatados habrán sido previamente ordeñados de las ayudas recibidas y hundidos varios escalones sobre la miseria anterior… para que se mantenga el círculo virtuoso por más tiempo.
Resumidamente, los rescates han ido a parar, un euro sobre otro, principalmente a los bancos acreedores. No solo no han sufrido las pérdidas inherentes a los riesgos asumidos con estos países… si no que registrarán importantes beneficios como resultado de los abusivos márgenes de mediación ¡a cargo de los mismos contribuyentes que pusimos la pasta para salvar el sistema financiero!. Ah, y cada día que pasa, después de sangrar al enfermo…. mas socialización de la deuda, esto es, mas bonos griegos para el Banco Central Europeo. Se intuyen futuras (y generosas) aportaciones de los contribuyentes. Si, de los mismos.
Comprenderan -y creo que compartirán- mi opinión contraria a que la UE ponga en mi nombre un euro mas. Dejémonos de modernidades, de globalizaciones y de riesgos sistémicos. Los acreedores, que se sienten con los deudores. A solas. Hasta que resuelvan. Como se ha hecho siempre. Posiblemente con mayores plazos de devolución y con tipos de interés pactados y –seguramente- soportables. Pero eso… ya no nos va a importar. Si vd y yo nos negamos rotundamente, con notoriedad, será ¡por fin! asunto suyo.