Javier Monserrat posted on enero 23, 2009 05:00

La crisis económica internacional fraguada en los últimos años, y manifiesta en 2008, ha sido ocasión para que muchos se hayan planteado preguntas de fondo sobre dónde estamos y qué se podría hacer para trabajar por un mundo más cercano a nuestra dignidad humana. A esta inquietud, sin duda, responde esta página web, promovida como un forum libre en que los ciudadanos puedan aportar sus ideas. Con mucho gusto acepto la invitación a que mis ideas se hagan también presentes en ella. Toda propuesta intelectual se hace desde un punto de vista personal, pero tiene siempre una intención comunicativa; si no fuera así, evidentemente no se haría. Estar presente en una página web cuyo sentido es la inquietud espontánea por el compromiso ciudadano ante los grandes retos de la sociedad internacional, es sin duda explicable desde mis propias inquietudes comunicativas.
Las reacciones ante la crisis económica internacional –que, como sabemos, es ante todo una gran crisis financiera que ha derivado pronto a inquietantes consecuencias sociales, principalmente del empleo– son de dos tipos. La primera considera que esta crisis es resultado de una mala gestión del sistema financiero internacional, basado en los principios de una economía liberal y neoliberal; es necesario, por tanto, corregir lo que se ha hecho mal y tomar medidas para que los gobiernos regulen las normas de funcionamiento del sistema para que las aguas vuelvan a su curso y para que no se repitan las causas que produjeron el desencadenamiento de la crisis. La segunda reacción es la de aquellos que ven en la crisis una prueba definitiva de que el sistema en sí mismo no sirve, de que no funciona (y debe ser eliminado) no sólo el sistema financiero, sino los principios y teoría político-económica que han fundado el sistema liberal de la modernidad; para quienes así opinan es necesario un cambio revolucionario en el sentido de la sustitución de lo que hay por otra cosa distinta y nueva.
Por una parte, desde hace ya bastantes años resuena la apelación a un “nuevo orden internacional”. Llamada un tanto etérea, si no se precisa algo más. ¿De qué “nuevo orden internacional” se trata? Para algunos, este nuevo orden debe ser una reforma del orden liberal que ahora tenemos. Para otros, aunque no se osen decirlo claramente, el nuevo orden deseable es un renacimiento (aunque fuera reformado) del orden socialista-marxista que se desmoronó hace quince años; desmoronamiento que permitió el triunfo de la modernidad liberal (y el pretendido “fin de la historia de Fukuyama).
Mi reacción personal ante la crisis económica actual se explica fácilmente, al menos en sus líneas generales. Debe verse como una más de las crisis del sistema capitalista; a lo largo de la historia ha habido muchas. Por tanto, esta crisis no nos deja ante una situación de sorpresa y perplejidad, sino que permite constatar algo que sabíamos posible y ha sucedido. Pero, además, es verdad que esta crisis permite estudiar sus causas específicas desencadenantes (en 1973 fue crisis del petróleo y la de 2008 ha sido financiera). Pero, en todo caso, unas y otras crisis nos permiten seguir constatando, en unos y otros episodios, el desorden o, mejor, la “baja calidad de diseño” del liberalismo capitalista (últimamente neoliberalismo globalizado). Ante el estímulo punzante de una crisis producida el sistema establecido busca siempre soluciones ad hoc, puros parches para seguir adelante con lo mismo, pero sin preguntarse si no sería necesario revisar el diseño global del sistema social-económico-político.
La etérea apelación a un nuevo orden internacional puede ser “etérea”, pero no está injustificada. El deseo de este nuevo orden se justifica cuando nos vemos inmersos en crisis como la actual que produce desempleo y angustia por la subsistencia en tantas personas. Se justifica por la pobreza endémica, por las enfermedades y subdesarrollo de gran parte de la humanidad. Se justifica por los desequilibrios económicos y la competición irracional que produce el tráfico de financiero de unos países a otros, y la fuga del capital hacia donde se puede explotar al máximo los salarios de miseria en el tercer mundo. Se justifica por la inmensa cantidad de creciente sufrimiento humano sin resolver y sin un horizonte razonable que permita prever su resolución.