Desde distintos lugares del planeta llegan noticias semejantes. Esta vez, para variar, se trata de buenas noticias. Podemos decir que ha llegado el tiempo. El tiempo de abrir, de mostrar, de ventilar... Los ciudadanos hemos decidido que ha llegado el momento de levantar y sacudir las alfombras.
Que las alfombras se levanten supone que la basura escondida debajo quede a la intemperie. Y éste es el momento que estamos viviendo. Se levantan las alfombras de las finanzas, las alfombras de la política, las de la ciencia, las de la salud, las de la educación, las de la alimentación, las del cambio climático, las de las energías, las de las iglesias y religiones, las de la historia… Se sacuden todas las alfombras, y el horizonte entero se pone muy muy polvoriento, muy oscuro. La basura es la misma que había, sólo que ahora está encima y no debajo. Ahora se ve.
Semejante acontecimiento está suponiendo una sorpresa doble. Por un lado, nos impresiona contemplar la enorme cantidad de basura que se había acumulado en tanto tiempo de ocultación. A la vez, caemos en la cuenta de nuestra inquietante capacidad de ocultar lo que no nos gusta, de nuestra facilidad para hacer como que no vemos lo que no queremos aceptar en nuestras vidas, en nuestra naturaleza o en nuestra forma de enfocar la realidad.
Desde pequeños hemos sido adoctrinados en una actitud que tiene todo que ver con esta ocultación de porquería bajo la alfombra. Hemos recibido sobredosis de educación dirigida a moldearnos como seres tranquilos, silenciosos, obedientes, iguales y serviles. Para los que fuimos educados como católicos, la pauta se resumía en unas pocas palabras: “por la paz, un avemaría”; la frase servía para cerrar cualquier conato de discusión. Había que ser bueno.
Ser buenos consistía en mirar y no ver, oír pero no escuchar, renunciar a querer saber quién tenía de verdad razón en una situación, renunciar a defender lo justo, renunciar a defender lo verdadero; se trataba de que no hubiera altercados, que nadie se molestara. Sobre todo, ser bueno consistía en meter debajo de la alfombra cualquier traza de emoción negativa, hacer como que no estaba. Ser bueno, también, era acatar siempre la autoridad ajena, ser obediente a alguien que supuestamente sabía -de cualquier cosa-, más que uno mismo. Ser bueno era delegar la responsabilidad. Ser bueno, en realidad, era renunciar a una parte del ser, amputarlo. Ser bueno suponía que había que ser otro: uno que no sentía nada, ni estaba seguro de nada, uno incapaz de defender nada. El que, a pesar del adoctrinamiento, se empeñaba en no callar ni ocultar lo que sabía en su fuero interno era considerado rebelde y apartado de la colectividad.
Pero ese silencio, esa negativa a mirar determinadas cosas, a olvidarlas en el trastero del inconsciente como si no existieran, ha tenido y tiene un precio. Tiene un precio a nivel individual y un precio a nivel social. Cuando lo que no se quiere ver, aceptar, asumir o entender –lo que se niega o rechaza- se convierte en basura bajo la alfombra, y no se ventila o se recicla o se desecha en la forma adecuada con cierta frecuencia, aparece el desequilibrio.
El no integrar esa sombra supone una enorme amenaza para la homeostasis del sistema, y no reconocerlo a tiempo puede suponer que para cuando se quiera salvar la situación sea demasiado tarde.
Todos los acosos, todos los mobbings, todos los abusos de autoridad, todas las injusticias, todas las corrupciones, toda la basura acumulada bajo las alfombras que ahora parece inundarnos… todo eso, está relacionado con nuestro silencio, con nuestro callar, con la idea falsa de que ser bueno es renunciar a una parte del ser, que ser bueno es ser dócil, que ser bueno es no tener nunca emociones poderosas que se revelan ante la injusto, que ser bueno es acatar lo que otros digan, que ser bueno es hacer exactamente lo que otros deciden que nosotros tenemos que hacer.
Ya sean los que se dan entre compañeros en los colegios o entre parejas en el aislamiento de los hogares, ya sean los acosos a los que estamos siendo sometidos los ciudadanos por parte de nuestras instituciones, de nuestros gobiernos y de nuestras iglesias –de nuestro Emperador-, todos ellos son posibles gracias a nuestros silencios. A nuestra inconsciencia.
Esa actitud de seleccionar uno solo del par de opuestos, de no querer asumir una parte de lo que somos, de aislarla como si no fuera nuestra, como si no nos perteneciera, de no integrarla, de renunciar a lo que tiene de poderosa cuando bien utilizada, a lo que tiene de equilibrante, es la que ha hecho posible que aquellos lodos de ayer se hayan convertido en estos barros de hoy.
“El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Esa es la respuesta de Ratzinger, el actual Papa, ante la evidencia de los casos de pederastia dentro de la Iglesia. Produce mareo, vértigo, leer en titulares de prensa su utilización de las palabras de Jesús. Esas palabras que en un contexto adecuado pueden resultar sabias, actualmente en boca de Ratzinger, teniendo en cuenta lo que este hombre ha sido capaz de ocultar sobre la cuestión, resultan abominables. Y para quien aún tenga dudas, puede ver, por ejemplo, el documental de la BBC, “Abusos sexuales y El Vaticano”, cuyo director Colm O´Gorman fue una de las víctimas de tales abusos siendo adolescente, y que ahora es una de las personas que lucha para que la basura salga de debajo de la alfombra de la Iglesia.
Este escándalo, que tiene como víctimas directas a niños, parece suficiente motivo para haber sacado a la calle a católicos y no católicos. Pero hasta ahora no ha sido así. Por la paz un avemaría… y mirar a otro lado. La jerarquía de la Iglesia pretende seguir aplicando su vieja receta ante problemas tan antiguos y vergonzosos como éste. Pero las cosas están cambiando, y en este contexto de levantamiento de alfombras, es muy posible que haya ya muchas personas de dentro y fuera de la Iglesia que hagan imposible que ella pueda seguir manteniendo su ocultación.
En este punto es bueno recordar que todo acosador lo puede seguir siendo mientras esté amparado por el silencio de su víctima, de ahí que conseguir ese silencio suele ser su primer objetivo. Objetivo que logra acorralando a la víctima hasta aislarla de su entorno; su fin último es alterar su sentido de realidad. Al final, la víctima deja de saber lo que es normal, lo cual la incapacita para entender lo que le pasa y, en consecuencia, para pedir ayuda o diseñar una respuesta. El acosador ha conseguido que a su víctima le parezca normal lo que no lo es. Su silencio está asegurado.
Conseguir nuestro silencio es también el objetivo del Emperador. Y para ello nos acorrala. Lo hace mediante una educación dirigida a conseguir ciudadanos sumisos y clónicos, en la que desaparezca cualquier traza de autonomía e individualidad, y a través de unos medios de comunicación cuidadosamente diseñados no para informar de la realidad –como pareciera- sino para aislarnos de ella, inoculando cada día la dosis consiguiente de miedo y desinformación. Con esa fórmula ha logrado que nos parezca normal lo que no lo es. Y así, manipulando nuestro sentido de realidad, ha conseguido nuestra pasividad y nuestro silencio.
Al comienzo, yo hablaba de buenas noticias. Es posible que a estas alturas del artículo haya quien se pregunte dónde están. A mi entender, lo que está sucediendo tiene que ver con algo que supone una recuperación del sentido de realidad por parte de las víctimas, todos nosotros. Es posible que la apariencia más evidente ahora sea la de confusión, caos y decrepitud, pero para el que está en la acción, empieza a ser clara una realidad de otro tipo: por todas partes hay personas que están tomando conciencia de la manipulación a la que estamos siendo sometidos, del tipo de juego perverso en el que, por el hecho de no ser conscientes, colaboramos como víctimas silenciosas.
El trabajo de tantos que han ido despertando y ayudando a otros a despertar está dando su fruto. Y las malas noticias son, en realidad, excelentes, porque suponen la conquista de la soberanía individual por las personas, y su toma de conciencia de que la ocultación tiene que acabar. En palabras de Krishnamurti: “no es un síntoma de salud estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”. Recuperar el sentido de realidad supone tomar conciencia de esa verdad.
Un tema clave para esa toma de conciencia se eleva ahora en el horizonte. Por fin la verdad está saliendo a la luz. Hablo de la imponente maniobra oculta tras los atentados contra las Torres Gemelas, la gran película made in Hollywood que todas las televisiones del mundo proyectaron a la vez, para que millones de personas pudiéramos contemplar cómodamente desde nuestras casas aquel 11 de septiembre de 2001.
Como dice el doctor Oscar Abudara Bini en sus conferencias sobre el tema, creíamos estar viendo una película sin guión, pero ahora se demuestra que se trataba de una película con guión. El Movimiento por la Verdad, conformado por asociaciones de científicos, arquitectos, ingenieros, bomberos, pilotos, militares, oficiales de inteligencia, profesionales de la salud y políticos de diversos países lleva años realizando estudios, análisis e investigaciones científicas. Fruto de esos trabajos, ha conseguido acumular una enorme cantidad de evidencia que demuestra, sin resquicio a la duda, la falsedad de la versión oficial.
Nuestros gobiernos nos mintieron. Este mensaje es el que miles de activistas de We Are Change muestran abiertamente al mundo en la gran manifestación por la paz que tuvo lugar el 20 de marzo en Los Ángeles. Resulta emocionante contemplar las imágenes de esa manifestación. La verdad, por fin, sale a la luz.
Pero los medios de comunicación oficiales de ninguna forma nos la van a contar. Somos nosotros los que nos tenemos que ocupar de que las alfombras se levanten, y que este conocimiento llegue a ser del dominio público. Rescatar el contacto con esa realidad que se nos oculta es nuestra única vía de salvación. Por eso, la acción más subversiva, que como ciudadanos podemos llevar a cabo ahora, es la de no cerrar los ojos a lo que está ocurriendo, y entender también la importancia de transmitir la información. Digerir y asimilar esa información puede ser un buen detonante para empezar a atar un montón de cabos sueltos que nos ayuden a elaborar una visión integrada de la realidad.
La basura que nos rodea muestra la gravedad de nuestra enfermedad. Pero a la vez puede ser la señal de que hemos empezado a sanar… Eso va a depender -“in extremis” como estamos-, únicamente de nuestra capacidad de implicación. El antiguo lema inductor de pasividad: “por la paz, un avemaría”, está siendo sustituido por uno nuevo, acuñado en dos palabras significativas, dirigidas a los gobiernos de todo el mundo: “¡Stop Secrets!”… Sería bueno que corriera de boca en boca.