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A un amigo que reside en un país lejano le llama poderosamente la atención que aquí todo el mundo tenga las ideas tan claras. "No sólo claras: vuestras opiniones son sólidas como piedras y, aunque parezca paradójico, veloces como la luz". Le maravilla que, en nuestros medios de comunicación, se cite con tanta frecuencia a Zygmunt Bauman, el sociólogo de la condición líquida. "En realidad, estáis en los antípodas de la fluidez ideológica y de las identidades cambiantes: aquí se fabrican opiniones a miles sobre todo lo divino y lo humano, sí; pero desde una inmovilidad granítica".

Aunque lleva más de 20 años en el extranjero, mi amigo nació y vivió aquí. Y sostiene que el gran cambio entre el país que conoció y el que ahora ha encontrado reside en el uso del lenguaje. Antes era concreto, ahora abstracto. "Cuando nos reuníamos en grupo para hablar, contábamos historias. Las conversaciones giraban alrededor de anécdotas, no de categorías ideológicas como hacéis ahora. Se explicaban chistes o batallitas. Se recordaban historias de la familia o aventuras de juventud. Anécdotas de la mili, de la escuela, del barrio. Se contaban chismes, cuentos más o menos fantasiosos, escenas laborales, miserias del vecindario, intimidades. Se repetía, con más o menos salsa, lo que se había leído en el diario, escuchado en la radio o visto en la pantalla. De aquella multitud de anécdotas, se deducían, ciertamente, moralejas y reflexiones aleccionadoras. Pero lo más distintivo de aquella manera de hablar era la forma narrativa".

"Ahora, en cambio, observáis el mundo con mirada de juez, con rictus de examinador, con obsesión de taxónomo. No sabéis observar, sólo clasificar. Incapaces de describir, calificáis. Os encanta emitir sentencias. Ya no sabéis narrar vuestras aventuras, anécdotas o vivencias; sólo expresar los sentimientos que aquellas aventuras, anécdotas o vivencias desataron. A vuestros conocidos ya no les contáis, por ejemplo, cómo os ha ido el viaje, sino qué os parecieron las ciudades visitadas. Qué tal se comía; si el lugar era limpio o ruidoso; si el hotel estaba bien o mal; si el tráfico era fluido o espeso; si los precios altos o bajos. Hasta con los amigachos no os oigo alardear de vuestras hazañas. Ahora redactáis informes sobre la estética, la ética o las habilidades de la seducida. Y, especialmente, si funcionó mucho, poco o nada".

Mi amigo observa, con razón, que, en nuestra vida cotidiana, no hacemos más que emitir juicios de valor. Pequeños dioses en un inacabable Juicio Final, condenamos o perdonamos a vecinos y parientes; a los compañeros de trabajo; a cantantes, modelos y famosos en general. Y, por supuesto, a políticos, futbolistas y banqueros. Todo el mundo discursea, todo el mundo fiscaliza, sospecha y pontifica. Y siempre prescindiendo del hecho narrativo. Mi amigo ha observado que, en el extremo más llamativo de esta tendencia, abundan los integristas de cualquier linaje ideológico. Tipos que sólo abren la boca para expulsar viscerales exclamaciones de apoyo o rechazo a una causa, a un líder, a unos colores. Tipos que, para hablar, no usan la lengua, sino el dedo gordo, como los viejos emperadores romanos. Dedo arriba, dedo abajo. Condenar o salvar.

La desaparición de nuestros cuentos cotidianos alguna relación tiene que tener con el exceso informativo de nuestro tiempo. El hecho es que la mayor concentración de opinadores dogmáticos y maniqueos se da precisamente en la infinita galaxia de internet, donde la información es más rápida, caudalosa y abundante que en cualquier otro ámbito. En la denominada blogosfera y también en las webs informativas, se tiende con gran facilidad al comentario taxativo, radical, irrefutable. La duda brilla en internet por su ausencia.

La duda siempre ha tenido mala fama. La tiene hoy, pero también ayer la tuvo. Y sin embargo, es imprescindible. Especialmente en esta época en la que todos llevamos un juez en el cuerpo. Sin la duda metódica no habría avanzado la ciencia. Y sin la duda el pequeño dios que llevamos dentro carece de contrapeso. La duda nos familiariza con el otro, con las miradas opuestas. La duda, ciertamente, corroe la propia identidad. Desconcierta y fatiga, sí, pero fomenta la prudencia y cultiva el respeto. Es problemática, pero democrática. Václav Havel (aquel escritor que, por circunstancias de la vida, se encontró ejerciendo de presidente de Checoslovaquia y más tarde de la República Checa) aprendió a dudar mientras mandaba. Y cuando dejó el cargo, en un discurso memorable, dijo: "Cada día me asusta más la idea de no estar a la altura. Cada día tengo más miedo de cometer errores, de dejar de ser alguien en quien se pueda confiar. Cada día tengo más dudas, incluso de mí mismo; y cuantos más son mis enemigos, más me pongo mentalmente de su lado".

Antoni Puigverd
Publicado en La Vanguardia 14/12/2009

Publicado en: La sociedad
Email del autor: 26390eir@comb.es

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Comments

Maria Oliver
# Maria Oliver
lunes, 21 de diciembre de 2009 1:12
Gran idea la de colgar el excelente artículo de Puigverd! Lo he leído en el blog de Cristóbal. Lon leí el dia que salió en la vanguardia, andaba de bólido, pero se me quedó flotando entre ceja y ceja al salir de la cafetería. Me acompaña. Es excelente, bocata da cardinale, desde las páginas de un diario! También hay que reconocerle eso a la prensa!
Y, amén de todas las virtudes de la duda enumeradas por Puigverd está, la de que tolerarla, vivir con ella --esa duda que acompaña toda decisión, y que no es excusa para suspenderla, sino una posibilidad que hay que aceptar, tolerar, permitir...-- nos hace flexibles como juncos, nos da la paradójica flexibilidad del firme junco.
Y no sé si la duda corroe la propia identidad o la sustenta cuando se la aloja, se le da cancha y no se la ensucia tomándola como excusa para no decidir. La duda, cuando se la tolera, como suspensión de la certeza, como límite de ésta hace que la identidad sea una plasmática sustancia de límites más o menos flexibles, que avanza con un@, no?
un abrazo y, excelente idea traernos esta reflexión sobre la duda... Que en adelante, no pase día sin que contemos, narremos y oigamos muchas anégdotas, chascarrillos o, al menos, algo sucedido en él
un abrazo

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