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Crisis económica, una oportunidad para el cambio
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También es importante que nos envieis vuestros artículos para publicarlos en esta sección.

Somos conscientes, que en muchas ocasiones, algunos artículos pueden resultarnos difíciles de leer por falta de algunos conocimientos de base en ese tema específico. Nuestra intención es ir comentándolos entre todos y facilitar la labor de comprensión. No dudeis en preguntar sobre cualquier término o concepto que no os resulte comprensible, por básico que os parezca.

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El reverso del proceso imparable de racionalización en nuestras sociedades es el desencanto. Hemos olvidado la posibilidad de un universo armonioso. La racionalización, con su promesa de liberarnos, nos ha enjaulado con unos barrotes de acero. Ante el nuevo destino podemos retroceder a la quietud de las antiguas iglesias o luchar con entereza ante el nuevo destino.

Las ideas son como un guardagujas que desvía el curso de la historia en una dirección u otra. La dominación racional -producto de la burguesía- puede ser sustituida, en la sociedad actual, por la preeminencia de un nuevo tipo de dominación informativa.

El cambio y la fragmentación son dos conceptos apropiados para comprender la sociedad actual. Mientras la racionalización apunta a la uniformidad, la sociedad actual requiere que los individuos compitan en una búsqueda incesante de novedades para adaptarse a un entorno cada vez más furtivo y desintegrado. Nos impelen a privatizar la moral para que nuestras interacciones graviten en torno a la funcionalidad. Al final no hemos tenido más remedio que relegar progresivamente la confianza que nos profesábamos.

Todavía la cultura nos permite humanizarnos, generar un nuevo tipo de ser humano. Se han resquebrajado los tres ámbitos que nos conferían identidad: las familias tienen que reinventarse constantemente, nos ofrecen un trabajo inestable y, finalmente, nos alientan con la irracionalidad de sustentar cualquier tipo de ideología. Nuestra identidad se define por la eclosión de un individualismo abstencionista, por la omisión consciente o inconsciente del “nosotros”.

Por primera vez en la historia, la unidad básica de la organización económica no es un sujeto, sea individual (como el empresario o la familia empresarial) o colectivo (como la clase capitalista, la empresa o el estado), sino que la unidad es la red, compuesta por diversos sujetos y organizaciones, que se modifica constantemente a medida que se adapta a los entornos que la respaldan y a las estructuras del mercado. El espíritu de esta nueva economía es el informacionalismo. Éste nuevo espíritu no puede considerarse una nueva cultura -en el sentido tradicional de un sistema de valores compartidos- en cuanto la cantidad de individuos que hay en la red y su diversidad rechazan cualquier atisbo de una sola “cultura en red unificada”. A pesar de ello, existen valores que la red comparte: una cultura de lo efímero, una cultura de la decisión estratégica y un mosaico de experiencias e intereses, más que una carta de derechos y obligaciones.

La organización económica actual es virtual y multifacética. Nuestro escenario social se oscurece al constituirse una estructura social cada vez más polarizada, en la cual el vértice y la base aumentan su cuota a expensas de la parte media.
Al pedirnos agilidad para adaptarnos a los constantes cambios lo que hacen es plantarnos en un mundo rodeado de incertidumbres. La disminución de los trabajos agrícolas e industriales con la creciente importancia de los servicios, así como la salud y la educación, muestran un progresivo abandono de las actividades que antaño dotaban de identidad al individuo. Las nuevas profesiones tienen un presente satisfactorio y un futuro incierto. Nos han ofrecido una nueva ética del trabajo que erige a la flexibilidad como valor moral fundamental. Una nueva moral que hace imposible que los individuos se identifiquen con su oficio y  que su estatus -posición social- provenga exclusivamente de su capacidad de consumo.
El consumo, por su misma constitución, es efímero e incapaz de satisfacer la necesidad de valores trascendentales. Todos estos procesos -consumismo, flexibilidad, incertidumbre, pérdida del sentido ético- serán más patentes en la sociedad contemporánea conforme la economía se vaya haciendo más virtual.

La virtualidad es la etapa final de la globalización económica. Con el derrumbamiento del sistema comunista, la globalización económica se afianza y va minando las fronteras económicas de los estados-nación, haciéndoles obsoletos como entidades políticas y económicas. Así, la globalización económica es un proceso inherente a la lógica racional-instrumental del capitalismo.
Sólo si somos capaces de reconquistarnos, de no dejarnos arrastrar por nuestras propias creaciones seremos dueños de nuestros propios relatos.

 

Publicado en: Filosofía
Email del autor: svillarp@gmail.com

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Nemo
# Nemo
martes, 03 de marzo de 2009 23:47
Hace tiempo que la economía ha dejado de ser la ciencia de lo escaso. Ahora esta ciencia económica, basada en su catalizador universal que es el marketing, se ha transformado en paraciencia o metafísica de la superproducción.

Estas superproducciones, como las superproducciones hollywoodianas, han traspasado fronteras y se han convertido en el estandarte guerrero e imperialista de la globalización económica.

Esta globalización, que se ha ido extendiendo como un cancer por todo el mundo, es el fin que justifica todo lo demás. El hombre no es más que un simple medio al servicio de este fin disparatado.

La economía lo justifica todo y todo lo resquebraja a su paso, empezando por la sociedad.

La individualidad ya no tiene futuro si no es como uniformidad de lo colectivo. Porque el "yo" particular se va disolviendo como un azucarillo en el "nosotros" colectivo. El individuo, que antes daba personalidad al colectivo, ha sido sacrificado en aras del bien común, que es el peor de los males.

En la pira de la productividad arden familia, trabajo, ideas,humanidades e individualidades. Y del denso humo negro que ésta desprende se elevan cambios, incertidumbres y enajenaciones. La persona sensata observa desde lejos como se eleva la espesa y oscura columna de humo, y aunque siente curiosidad por la causa de dicha hecatombe no se acerca, pues sabe que no haría más que alimentar la pira infernal.

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