Se ha abierto una ventana. Y tardará en cerrarse. A lo mejor se queda abierta siempre, allí, al fondo, casi como una mancha, una sombra de luz helada, luz al fin. Se ha abierto una ventana, sobre un río helado, sobre el miedo, sobre el ser… sobre el ser hacia delante… Una ventana sobre la resistencia, el vivir como resistencia, esa no renuncia. Tardará en cerrarse.
Fui a ver Frozen River (Río Helado), una excelente película, de esas con espíritu de documental, con un guión soberbio, justo, exacto, clavado. En cuatro sencillas escenas se soluciona una reflexión honda, lúcida, entera sobre el tráfico ilegal de personas. De momento sólo diré eso, sobre esto.
Frozen River es una película preñada. Pero en ella nada de ecografías obscenas, no sabremos si la criatura es niño o niña, deforme o conforme… Sólo que está. Ahí está la vida, la alegría gestándose en la sombra, bajo una capa de hielo, a menudo larvada, siempre tenaz, contra viento y marea… En aquel frío, avanzando en la sombra, abriéndose paso ante la adversidad, algo resiste: el deseo de algo mejor, digno y posible, sueños posibles… al alcance de la mano, si se estira, si se mantiene firme en su gesto. Nada de discursos, nada de análisis sesudos… sólo un guión en esqueleto, despojado, limpio en el que las palabras son las justas, los gestos, las miradas apuntan, señalan, indican… queda para el espectador ver esos indicios, tirar de hilos, dejar flotar su propia reflexión… Mucho que decir, porque este Río Helado es una pastilla de caldo concentrado (…el agua en que diluirla está, aquí, cierto, helada… pero… una apenas lumbre basta para un caldito caliente que templará el corazón. Eso sí: hay que mantener la llama ardiendo). No la resumiré, no puedo (y no quiero). Hay que verla. Me limitaré a exponer algunas escenas.
La cosa es, como dice la ficha que distribuye la sala de cine, que “Ray, una madre que vive en una caravana en el norte del estado de Nueva York, es abandonada por su marido, que huye con los ahorros familiares. Ray debe sacar a sus dos hijos adelante, intentando que el mayor no deje de estudiar, a pesar de los graves problemas económicos por los que atraviesa la familia. La Navidad se acerca y con ella el pago de sus deudas. De forma accidental, Ray se verá involucrada e un turbio negocio de tráfico de inmigrantes…”
Una mujer y sus dos hijos en una caravana (la sonrisa del pequeño, de inmensa luz, como señala la amiga Cristina). El hombre, un ludópata que se ha largado con el dinero ahorrado para la compra de una casa prefabricada –con jacuzzi--... Una caravana en un lugar que es un no lugar. Las lágrimas a escondidas de la mujer… y su empeño por seguir en pos de… primero de él, que no aparecerá y luego, porque resiste, en pos de una vida mejor, digna, feliz… contra viento y marea, a través de ese del río helado. Y junto a Misty, esa tomahawk con la que se dedica accidentalmente primero, a conciencia después, al tráfico ilegal de personas. Frozen River, como todo asunto ético, es la historia de una amistad.
Rescato dos escenas (aunque insisto, hay que verla). Un matrimonio de pakistaníes se mete en el maletero de apertura automática –dato no baladí--ella lleva un bolso del que no quiere desprenderse para acabar cediendo a dejarlo en el asiento trasero… Vamos cruzando el río helado que los/nos separa de “la tierra de la gran promesa”. En el maletero, fuera de plano y tan en él, la pareja muda y presente. En primer plano, la mujer blanca y la tomahawk de hierático rostro, “vete a saber qué llevan en esa bolsa”, dice Ray… “cosas para fabricar bombas, seguro”. En un arranque, para el coche, sale, saca la bolsa y la deja sobre el río helado. Vuelve a entrar, “así estoy más tranquila…” La india Misty no entiende, pone caras, calla y siguen… Llegan al motel donde entregan “la mercancía” y reciben el segundo pago. Al salir del maletero la mujer pakistaní quiere el bolso, se descompone cuando no lo ve, se desespera… “En esa bolsa llevaba a su hijo” informa el traficante que los ha recibido (¿comprado?)… La india y la blanca se miran, “hay que volver…” Hay que volver… Nada de huidas hacia adelante, imposible continuar. Ese “Hay que volver” cae por su propio peso, apenas se miran. Suben al coche y vuelven. Volvemos pues. La voz del deber, en honda sintonía con el valor, ha hablado… y se impone, incuestionable, inquebrantable. Vuelven, lo encuentran… helado. Y Ray insiste, ante el pasmo de Misty “frótale los pies”, pone la calefacción a tope… cuando llegan al motel, el niño que creíamos muerto, ha reaccionado. En la escena, el modo en que está filmada, las actuaciones, no hay pathos, sólo valor… el valor de las dos mujeres al afrontar su error e intentar subsanarlo. El valor de volver sobre sus pasos para seguir adelante (ellas y los desgarrados pakistaníes) Tampoco se entretiene la directora en la entrega… lo dejan y se van…
Se ha producido un punto de inflexión: Misty cree que el bebé ha renacido, ha vuelto a la vida; Ray apunta que estaba frío, eso es… Sea como fuere, el bebé ha vuelto, está (felizmente vivo, podría no haberlo estado)… porque fueron a buscarlo. Mysti y Ray sellan así un hondísimo pacto de amistad que no hará sino crecer y afirmarse.
Escena dos: Ray y Misty capturadas en la reserva tomahawk, contra todo pronóstico, junto a dos chinas por las que el traficante, un proxeneta, pretendía pagar la mitad (esto da para otro artículo…). Sólo una de las dos amigas quedará en libertad –la reserva se rige por un código especial--, las chinas serán repatriadas. Tensas y densas miradas, pocas palabras, como en toda decisión importante. Ray queda libre, volverá con sus hijos, en esa noche de Navidad sin regalos. Entonces, agarrada a su bolso corre bosque nevado a través, y corre y corremos con ella… hasta el río, siempre el río… helado. En el siguiente plano, se abre la puerta de la casa prefabricada donde Misty, un miembro del consejo y las dos chinas esperan a la policía. Ray habla con voz firme “Cuidarás de ellos, y pronto llegará la casa. Serán unos meses” Se miran largamente, Misty apenas sonríe. En el coche de policía, Ray confirma la duración de la pena de prisión y el destino de las chinas. Misty recupera a su hijo y se instala en la precaria caravana de Ray, al cuidado de los hijos de ambas…
Una historia de mujeres, sí, en la que la ética es, de cuajo –¿desde las entrañas?-- una cuestión de supervivencia y amistad. De cuajo, una cuestión de supervivencia. No un dictat que llega desde el deber., si no algo que ha de hacerse para (sobre)vivir.
Como dice la actriz Melissa Leo (Ray) en una declaración recogida en la ficha del cine: “Separadas de los hombres que las han maltratado, de sus países de nacimiento, de sus futuros… esta es una historia de mujeres que se encuentran. La riqueza y la pobreza, el hambre de la esperanza, en teoría separados por un río que se hiela en invierno y por el cual entran ilegales a Estados Unidos, la tierra de la gran promesa”
La lección, lo que nos da, aquello que nos entrega –sin esperar nada a cambio-- este relato importante, valiente y, mejor, tan útil para vivir es lo siguiente (y callo cosas): que la huida hacia adelante es eso, una huida. De hecho, al huir somos presos, es la huida la que nos convierte en presos. Afrontar la situación, decidir, encarar, es SIEMPRE una solución (un disolver murallas).
Siento en el alma no poder cerrar una larga (y absolutamente hipotética, hélas!) conversación, ante un té humeante, un whisky con un tremendo abrazo a la directora y guionista, Courtney Hunt (y a actores, cámara y director de fotografía, claro). Queda dicho, ¡que es de bien nacida reconocer! Y, sólo puedo insistir, hay que verla… no sólo porque es un excelente argumento más para resistir y asociarnos. Es bella, y la belleza es el mejor antídoto contra el horror (que nos deja helados de miedo!)