Toni Pons posted on diciembre 10, 2008 05:00

En mi practica profesional (terapia analítica) no deja de sorprenderme, la capacidad que tiene nuestro inconsciente para construir nuestro destino. Esa información inconsciente, nos pone en evidencia las redes y capas superpuestas por donde se filtran gran parte de nuestros actos.
Como descubriera Freud, nuestras vidas están dominadas en gran medida por la dinámica oculta de estas fuerzas y apenas la conciencia emerge de este sistema a modo de un perfume o un olor sobre los materiales que componen ese plato sumergido en nosotros o en el otro que denominamos “inconsciente”. Estos materiales, este plato, es en realidad un complejo sistema de nudos, de enlaces que envuelven tanto lo que percibimos, como lo que sentimos, son sistemas de afectos que producen efectos, síntomas, de los cuales se desprende o emerge el olor de la conciencia que de algún modo lo sobrevuela.
La psique se revela como un gran misterio, muchos de sus significados ocultos se desplazan a modo de repetición sobre un mismo agujero, producen variaciones sobre un mismo motivo, atrapando al sujeto en una especie de automatismo y determinismo. Las cuestiones no cerradas o no resueltas, retornan a lo real de nuestra experiencia, generando síntomas.
Muchos de sus efectos son extremadamente creativos, pienso en una circunstancia que me ocurrió hace poco tiempo con unos amigos, estando de viaje con ellos. Tomo este ejemplo por que es bastante paradigmático de lo que yo entiendo por pensamiento en red.
Estos amigos están recopilando información sobre los códigos que encierran las imágenes de una iglesia en Villa Alcázar de Sirga, el templo en concreto se denomina “Maria la Blanca”. Este templo tiene una importancia especial, pues era el centro espiritual de los templarios en el contexto del camino de Santiago. A uno de ellos, historiador, le llamaba fuertemente la atención una de las figuras cercanas al altar mayor en el cuadrado más importante del centro. En esas columnas centrales se elevaban cuatro esculturas y la que centraba el interés de mi amigo era una efigie de cuerpo entero de San pedro.
Por su forma, su gorro, el aderezo del pelo... mi amigo insistía, que en realidad esa figura de San Pedro ... por su vestimenta y los detalles que antes he dicho, su gorro frigio etc... decía que este San Pedro era un “persa”. Este hecho él lo relacionaba con los ritos iniciativos mitraicos, ya que una de las fases de iniciación se denominaba “el persa” . Esta fase se relacionaba con los episodios finales de la evolución espiritual del iniciado y a mi amigo le interesaba en especial trabajar en este sentido en sus pesquisas de historiador, trabajar sobre la influencia de los ritos mitraicos en la orden del temple.
Poco después de ver el templo nos desplazamos hacía una villa romana cercana de esta localidad, sin embargo estaba en fase de remodelación y era imposible visitarla. Mientras nos acercábamos con el coche, este amigo nos cuenta que en ese cruce de caminos, donde se toma el desvío para visitar esa Villa romana, comió el melocotón más sabroso que jamás ha comido en su vida, que lo recuerda como si fuera en presente. Cuenta, que después de visitar la villa y tras el episodio de comerse el melocotón, se dirigió hacía el templo de “Maria la Blanca“ y allí descubrió el “San Pedro persa”. Yo le digo a modo de broma que entonces el melocotón es una pieza importante, un significante esencial en su descubrimiento, producto de su sabiduría inconsciente.
Regresamos a Barcelona y al cabo de unos días uno de los amigos, compañero de ese viaje, me dice en un mensaje que ha mirado la etimología de la palabra “melocotón” y que en latín se denomina “ persicum” es decir “el persa” y que dentro de las lenguas romances es en el idioma catalán donde mejor se refleja su origen en la palabra “presec”.