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Gabriel Fernandez posted on marzo 24, 2009 05:00 

Henry conduce un viejo Toyota blanco por las calles de Managua, uno de los muchos taxis que circulan por esta ciudad. Una mañana, aparece para recogerme tras pedir un taxi en el hotel. Mientras conduce, mira continuamente por el retrovisor y trata de entablar conversación. Me cuenta que desde hace algunos meses ya no hay apagones y que a los taxistas les subvencionan una gasolina de origen venezolano. El piensa que es lo mejor que hasta el momento ha hecho el gobierno del FSLN que, según sus palabras, "supuestamente apoya a los pobres". Lo malo de esa gasolina es que daña el carburador y hay que ponerle aditivos. LLego a mi destino, me pide 80 Córdobas (unos 4 dolares) y le ofrezco 70. Como no tiene cambio de 100 me queda a deber la vuelta. Me da su tarjeta y me dice que me lo dará en el hotel. Obviamente, yo doy por perdido mi dolar de más.
Dos dias después lo encuentro en la puerta del hotel cuando salia hacia un sitio cercano. Me ofrece llevarme y saldar la deuda. Me dice que conoce bien el lugar (un restaurante español) pero que nunca ha entrado por ser de los mas caros de la ciudad (unos 15 dolares por persona según comprobé luego).
Al dia siguiente lo vuelvo a encontrar por la mañana en el hotel y me cuenta que hace turnos de vigilante por la noche para completar lo que gana con el taxi. Se ofrece a llevarme por la mañana a todos los sitios que vaya a pesar de que ya lleva mas de veinte horas sin dormir. Entonces me entero de que tiene un hijo de dos años que lleva dos dias con calentura (fiebre) y que le han dicho que podria ser dengue. También me dice que paga 70 dolares al mes de alquiler por su casa, en un barrio en el que las bandas rivales provocan balaceras con frecuencia, y que su sueño es comprarse un coche que le sirva como taxi pues éste es alquilado.
Por la tarde, de vuelta al hotel, me informa de que su hijo está mejor, que está fresco y que, aunque le gusta la cerveza, hace al menos dos semanas que no la toma. Le pregunto porqué, con poca convicción en la pregunta, y me propone irnos a tomar "unas toñitas". Primero se detiene en un sitio elegante pero le insto a que continúe hacia algún lugar más popular donde lo importante es que la cerveza esté bien fría. En eso estamos de acuerdo, y así llegamos al bar Edén, una carpa verde bajo la que se encuentran mesas y sillas dispuestas de manera desordenada.Aconsejado por él, pedimos un litro de cerveza, que sale mucho mas barato y, como yo no habia comido, pido también unas alitas de pollo. Mientras damos buena cuenta de la cerveza, efectivamente bien fría, entro de lleno en la realidad de la mayoría de la población de Nicaragua.
Todo lo que llevo leyendo en sesudos y abstrusos informes durante cinco dias, se me hace claro como el agua durante la conversación. Henry nunca conoció a su padre y su madre decía que en la escuela perdía el tiempo y que tenía que salir a la calle a vender periódicos o lustrar zapatos para ayudar en casa. Así que apenas sabe escribir y leer y se lamenta de que eso le impedirá siempre trabajar en algo mejor remunerado.Pero él no se resigna, no es ningún vago y poco a poco irá saliendo adelante. Asi que trató de pedir crédito a varios bancos para comprarse una parcela donde construir su casa, pero todos se lo negaron por no tener nada con lo que avalar. Su madre tampoco le adelantó el dinero pues su actual novio, que "anda plata", la utiliza en otras cosas. Asi que fueron los dueños del hotel quines le adelantaron "los reales" que necesitaba. Él se sigue sorprendiendo de que lo hicieran sin conocerle de nada, aunque ahora tenga que devolver ese dinero, poco a poco, trabajando también los sábados y domingos por las noches. Así que ya tiene su parcelita de unos 100 m2, sin titulo de propiedad, en una zona en la que las calles no están asfaltadas y no llega el agua ni la electricidad, pero tiene su parcelita. Ahora, cuando puede, compra bloques de cemento y va construyendo las paredes poco a poco. El tejado de zinc tendrá que esperar, pues este material es mas caro. Así, con lo que gana del taxi y de vigilante, paga la deuda de la parcela, mantiene a su familia y va construyéndose la casita. Pero ahora está empeñado en comprarse un coche porque no quiere seguir pagando por algo que nunca será suyo y de nuevo no encuentra quien le preste 4.000 dolares. Y para colmo, un cliente con el que estuvo cuatro dias llevándolo y trayéndolo, se marchó del hotel sin pagar. Seguramente no se acordó, así que estos días además tenía que pagar esas jornadas de taxi que le debía al dueño, aunque él no las hubiese cobrado. Con lo que yo le pagué por los viajes (que fueron bastantes en dos días) consiguió pagar tres cuotas. .Pedimos otra botella de cerveza más y, tras pagar los tres dolares de la cuenta, me confiesa que la única solución a su situación es marcharse a Estados Unidos y trabajar pegando suelos y techos, que eso si sabe hacerlo, hasta que ahorre lo suficiente para volver.
Mientras me lleva de vuelta al hotel, ambos vamos en silencio. Yo pensando en lo fácil que es entender el ciclo de la pobreza y lo difícil que es romperlo, sobre todo a base de sesudos y abstrusos informes como el que yo estoy haciendo y él, él no se muy bien lo que iría pensando...
Publicado en: La sociedad
Email del autor: gab.fer65@gmail.com

martes, 24 de marzo de 2009 9:40
Gabriel, te agradezco enórmemente estos artículos que nos envías. Todos tienen la habilidad de transportarnos a mundos remotos con vidas más remotas. Pero no hay que leerlos como si de un cuento se tratara. Porque la realidad de nuestro mundo es esa y no la nuestra. Nosotros, los privilegiados que hemos nacido en el primer mundo tenemos una visión del mundo deformada. Caemos en la trampa de pensar que nuestra forma de vida es la normal. La civilizada. De seis mil millones de habitantes que pueblan la Tierra sólo mil millones vivimos en los estándares que conocemos. Entonces, pienso, quiénes vivimos en la irrealidad somos nsotros. Sobretodo porque para que nuestro mundo civilizado, moderno y occidental se mantenga necesita de la explotación de muchos otros lugares del mundo a los que explota y exprime. La historia de Henry es una historia de lucha por la supervivencia en un sistema que no le dejará nunca levantar cabeza y entre sesudos y alambicados informes los hijos de los países ricos van intentado comprender aquello que sólo podremos comprender con otra visión más honesta y pegada al suelo. Una vez más, Gabriel, muchas gracias por alumbrarnos desde tierras lejanas. Es un lujo poderte leer desde aquí. Un fuerte abrazo.
martes, 24 de marzo de 2009 10:03
... También me quedé en silencio... en efecto, fácil de entender, imposible? de romper... Cada vez son más, y conocemos de memoria el "dispositivo" de ese ciclo. ¿Dejaremos de cerrar los ojos, aceptaremos los privilegiados que, en efecto Carlos, vivimos una irrealidad?... Parece que en las favelas van apareciendo "modos", que no rompen el círculo vicioso, pero permiten respirar y zafarse... Gracias Gabriel, ahora vamos muchos en ese taxi, con la misma reflexión... (y Zung Su en las rodillas) PD Sin comentarios sobre la gasolina de Venezuela que fastidia el carburador...

martes, 24 de marzo de 2009 15:02
Tu emotivo relato es el pan nuestro de cada día en este lado del mundo. Tu pregunta ¿cómo salir del círculo de la pobreza? me hizo recordar a Bush instando a sus adoloridos compatriotas a salir de compras a solo días de los atentados del 11 de septiembre de 2001. La pobreza existe, por causa de un sistema basado en la construcción artificial de la necesidad (Ver video “La historia de las cosas” publicado en este blog). Si en verdad nos importara acabar con la pobreza, debiéramos comenzar por preguntarnos cuanto cobraríamos nosotros por conducir un taxi, hacer la vendimia, limpiar los baños, asear oficinas, barrer las calles, extraer los minerales de la tierra, o los peces del mar. Si a Henry se le pagara un mejor precio por cada traslado, probablemente viviría mejor. Pero nos cuesta tocar el propio bolsillo y estamos cómodos sin cuestionarnos los precios de los bienes y servicios. Para que existan niños cosiendo pelotas de futbol o niñas armando muñecas en una fábrica, se requiere de empresarios dispuestos a ocuparlas. Para que existan los Henry, se necesita de una sociedad que está de acuerdo en pagar lo que paga por un traslado en taxi.
martes, 24 de marzo de 2009 23:12
Gabriel, me esta resultando muy díficil comentar tu artículo de hoy, no encuentro facilmente las palabras para expresar la sensación desagradable que me invade al descubrir una vez más los dramas personales que "la sociedad del bienestar" en Occidente esta causando en otros países. Aquí en España también tenemos personas con historias parecidas a las de Henry, que han venido a trabajar y que ahora son los primeros en sufrir los efectos de la crisis económica, ahora ya nadie los necesita, ahora el gobierno les da ayudas para que vuelvan a sus paises de origen. No nos damos cuenta que para que nosotros vivamos con este nivel de vida es necesario oprimir las vidas de otras personas ¿Hasta cuando vamos a seguir actuando de la misma manera?
jueves, 26 de marzo de 2009 14:32
Gabriel, he estado leyendo tu descripción de la situación personal de Henry y por extensión de Nicaragua, y me ha resultado dolorasamente conocido. He viajado en dos ocasiones a Nicaragua y he conocido diversos casos como el que cuentas. Nicaragua, como otros países similares, tiene graves problemas no de desarrollo económico, sinó de subsistencia de ámplias capas de su población. Es un país maravilloso, con gentes amables, con grandes oportunidades y muchas riquezas naturales, pero que ha sufrido mucho a lo largo de su historia. Es un pais receptor de ayuda a la cooperación, pero también con grandes niveles de corrupción, con lo que se desvanece toda posibilidad de reparto económico y, por lo tanto, de mejora y reequilibrio social. Y muchos de los proyectos de cooperación y estudios no consiguen hacer aflorar realmente las necesidades de las gentes más pobres. Relatos como el tuyo son más instructivos que muchos estudios sesudos. Muchas gracias
sábado, 28 de marzo de 2009 7:32
Gracias por los interesantisimos comentarios que siempre van mas alla de lo que uno espera cuando escribe estas cronicas. Y muy cierto, Gabriela, tienes toda la razón. Posiblemente romper el circulo sea mucho mas sencillo de lo que a mi me parece. Sin embargo, la fijación a nivel individual de precios justos, a mi al menos, se me antoja complicada. Espero que nos ilumines en un proximo articulo con tu experiencia al respecto de esta práctica. Sin duda me será de mucha utilidad y ayuda. Un abrazo Gabriel

sábado, 28 de marzo de 2009 22:22
Gabriel, lo primero es decirte que a mi no me parece nada fácil el tema de la pobreza. Luego, que se me hace mas posible comprender tus dudas acerca de “la fijación a nivel individual de precios justos”, cuando leo en los comentarios a tu artículo, que se habla de historias que transportan a mundos remotos, de privilegiados que viven una irrealidad y del bienestar de Occidente. Esta sociedad donde yo vivo es de alguna manera una suerte de resumen del mundo: con una minoría que vive mucho bienestar económico, una gran mayoría que sufre pobreza y una parte se sitúa al centro, en el área del subdesarrollo. Para hablar sobre precios, reconociendo que no soy economista, pero si una parte del sistema, creo que habría que separar el tema en dos categorías: los bienes y los servicios. Respecto de los precios de los bienes sigo creyendo que tenemos un rol activo como consumidores, pero eso da para otra conversación. En cuanto al precio justo de los servicios hay una conversación pendiente en nuestras sociedades, más ética que técnica. Me cuesta imaginar una explicación para la enorme brecha entre el sueldo más alto y el sueldo más bajo que no comprometa a la ética. Pero quiero aportar a la conversación, apuntando a las responsabilidades individuales. Creo que los individuos si tenemos un rol activo en la fijación del valor que se paga por algunos servicios, especialmente en relación a los trabajos informales que son en general ejecutados por personas mas carenciadas. Por ejemplo evitando el regateo, que es una forma de transar y fijar precios, que generalmente cuida los intereses del que paga. Me pregunto porqué las mismas personas que pagan sin discutir el valor de una consulta médica o los honorarios de un abogado, al llegar a casa regatean el valor del trabajo del gásfiter, el electricista, la costurera, el hombre que se lleva la basura del jardín o el que limpia la piscina. Hay otra forma velada de regatear el valor de un servicio y consiste en agregar entre los requisitos para optar a un empleo el de las pretensiones de renta. Poner ese aspecto en manos del postulante me parece poco serio. ¿Qué problema hay en hacer el llamado declarando cuanto se está dispuesto a pagar? ¿Qué gana el empleador cuando permite que el empleado declare lo está dispuesto a ganar por el trabajo? ¿Por qué queda la idea de que el trabajo ofrecido no tiene un valor único y de mercado, sino que es “transable”? Otra forma consiste en aceptar el precio, pero buscando obtener más beneficios. Esta fórmula es la que tiene mas ejemplos. Bueno, sin duda el tema da para largo. Capaz que un día acepte tu desafío y me atreva a escribir un artículo. ¡Te mando un abrazo!

lunes, 30 de marzo de 2009 0:44
Tienes mucha razón en lo que dices, Gabriela. Nunca me ha gustado regatear, pero tampoco pagar 5 o 6 veces mas por una cosa por el simple hecho de ser considerado "turista". Valor y precio son cosas distintas que, por simplificar, se terminan unificando. Desde un punto de vista económico, la fijación de precios responde a las leyes de la oferta y la demanda. Si muc ha gente ofrece el mismo bien o servicio y la demanda es limitada, los precios serán muy bajos. Es lo que ocurre cuando hay mas taxis que potenciales clientes en una ciudad, por seguir con el ejemplo del escrito. Por eso en Europa las licencias de taxi se limitan, para proteger a ese colectivo. Además de la oferta y la demanda, en el mercado informal nada está regulado ni organizado, por lo que el precio siempre es negociable, entendiéndose que si se llega a un acuerdo es porque comprador y vendedor se sienten satisfechos con el precio acordado. Sin embargo, hay mas sensación de engaño mutuo en esas transacciones que cuando vas a una tienda a comprar. Hay un componente técnico, pero también un gran prejuicio psicológico. Lo cierto es que los proyectos para incorporar en mercados formales a los vendedores ambulantes o callejeros, nunca han funcionado. Una isla de formalidad en un oceano de informalidad no tiene sentido. Ojala escribas ese artículo, sin duda será del máximo interés para seguir con este apasionante debate. Abrazos Gabriel
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