posted on marzo 21, 2009 05:00

La Vanguardia 11-03-09
"¿Es necesario producir seres humanos enfermos para tener una economía sana?", se preguntaba hace más de cincuenta años Erich Fromm. Hoy cabría incluso redefinir esta pregunta y aumentar su nivel de acidez: "¿Es necesario producir seres humanos enfermos para tener una economía enferma?".
Alfred Marshall, economista británico de finales del siglo XIX, quizás el más brillante de su época, afirmaba poco antes de morir: "He llegado a la conclusión de que la economía es un vano intento de narrar psicología". Marshall apuntaba que, en efecto, todo proceso económico no es más que la manifestación de un conjunto de procesos psicológicos, conscientes e inconscientes, individuales y colectivos. En este sentido cabría pensar que la crisis económica que estamos viviendo no es más que un síntoma, la punta del iceberg de un proceso mucho más sutil y complejo. Se trataría, en definitiva, de una crisis de consciencia entre cuyos ingredientes esenciales cabría destacar la avaricia, el egoísmo, el narcisismo, la paranoia y abundantes trazos psicopáticos como la falta de sentido de alteridad, de responsabilidad, de integridad, de visión sistémica, ecológica y a largo plazo. Ingredientes que nos hacen dignos de un buen psicoanálisis del conjunto de la especie, con especial énfasis en los responsables de gobernarla, aquellos que han sido depositarios de la confianza del resto. Porque en buena parte, la impotencia actual es la consecuencia de la prepotencia del pasado y también de la ingenuidad a la hora de dar el poder a determinados sujetos cuya personalidad mostraba evidentes y alarmantes síntomas patológicos.
En psicología se define la enfermedad como ausencia de contacto con la realidad. Pareciera entonces que toda crisis económica pasa por obviar lo obvio hasta que estalla en nuestras narices. La realidad que vivimos no es más que la manifestación necesaria y sistémica de la patología o la salud de la psiké,del alma, de las personas implicadas en tal realidad, sea cual sea el tamaño del grupo que lo conforma: desde una pareja, pasando por una familia, una organización empresarial, tribu, país, hasta el conjunto de la especie.
De este modo, podríamos decir que la salud o la patología psicológica de los individuos que integran, y en especial los que gobiernan un sistema, tiende a manifestarse necesaria y sistémicamente en los procesos y resultados observables de dicho sistema. La calidad del alma se manifiesta en la calidad de la comunicación, relaciones, acciones y objetos que emanan de esa alma. La psicología, consecuentemente, crea la economía.
Si la psicología etimológicamente es el conocimiento o la comprensión (logos)del alma (psiké),cabría pensar en la necesidad de desarrollar un paradigma más abarcante, la psiconomía,que permitiera profundizar y gestionar desde un prisma más amplio los procesos económicos desde una dimensión psicológica. En ello trabajamos un equipo multidisciplinar de profesionales desde hace tiempo y ya es materia obligada de formación en algunas facultades de psicología y ciencias empresariales.
El profesor de economía de Harvard, John Kenneth Galbraith, en su lúcido ensayo La economía del fraude inocente,advertía en el 2004:
"Medir el progreso social casi exclusivamente por el aumento en el PIB, esto es, por el volumen de la producción influida por el productor, es un fraude, y no es pequeño". Quizás ya ha llegado el momento de que ampliemos los indicadores del desarrollo económico con otros que nos hablen del estado psicológico de las personas que crean, viven y disfrutan o sufren esa economía. Porque la economía, más que cifras, son personas. Hemos llegado a asumir que tenemos una economía sana en la medida en que producimos y consumimos de manera creciente. Estamos sanos económicamente a partir de lo que generamos y devoramos y se mide nuestra riqueza con macroindicadores que nos alejan de lo humano, lo cotidiano, doméstico, real. De todo ello se podría desprender que desde los modelos económicos actuales la persona es algo secundario y el protagonismo lo adquiere por un lado el consumidor (que consume, gasta, devora...) o por otro el ser humano comprendido sólo como medio de producción. Hoy son las cosas las que miden el éxito del sistema (vehículos matriculados, superficies construidas, toneladas consumidas…) y la persona reducida a elemento productivo y de consumo es la que avala un aparente éxito que ha estallado en forma de una crisis que, necesariamente, nos llevará a un nuevo paradigma. Aunque esta será la primera de una secuencia de crisis mayores cuya finalidad será tomar consciencia de obviedades tan evidentes como que no podemos tener crecimiento económico ilimitado en un mundo limitado. Nuevos modos de pensar, actuar, comunicar, crear y transaccionar deberán emerger si queremos sobrevivir a largo plazo como especie.
El trabajo que nos queda por hacer no es baladí. La cultura, la formación, la palabra, la consciencia, en definitiva, es el único camino hacia la calidad. Peter Drucker, considerado por muchos el gurú del management del siglo XX, afirmaba en su libro Managing in the next society, en el 2002, poco antes de morir: "Todas las dimensiones de lo que supone ser un ser humano, yel ser tratado como tal, no han sido aún incorporadas al cálculo económico del capitalismo". Pués ya va siendo hora. Aún estamos a tiempo. Demos gracias a la crisis.
Publicado en: La crisis
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